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miércoles, octubre 10, 2012

  
 Carlos Monsiváis en el centro

por Fabrizio Mejía Madrid

Hace dos años la primera crónica de Carlos Monsiváis cumplió el medio siglo de publicada. Se trata de la narración de una marcha en protesta por el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz en Guatemala. A la marcha asistieron Diego Rivera y Frida Kahlo, quien moriría al año siguiente. Si se quiere reducir lo irreductible a ese evento be my guest: en esa crónica estarían concentradas varias de las formas de la atención de Monsiváis. La marcha vista como espectáculo donde lo popular es, también, compromiso civil; la fascinación por los personajes-mito; el interés por la plástica mexicana.
De los usos de la resistencia civil Monsiváis llegaría a invadirnos con un concepto que opera en la realidad justo cuando se le nombra: ahí donde, en el terremoto de 1985, todos veíamos derrumbes y las ruinas de lo que fuimos, él asestó el término “sociedad civil”. El término llegó a fundar a la propia sociedad civil mexicana que pidió el espejo prestado para reconocerse.
Esta idea que permeó instantáneamente a la sociedad se explica desde que, en 1958, Monsiváis, junto con José Emilio Pacheco, participaron en una huelga de hambre a favor de los ferrocarrileros que se enfrentaban por primera vez al sindicalismo oficial. Más tarde Monsiváis negaría la huelga de hambre con un “Benita Galeana nos repartía chocolates”, pero de ese momento está ahí la palabra cívica, antes –muchas veces opuesta– de la política activa, lo que funda una idea que se profundizó en el verano de 1968: el poder es la locura que baja, la sociedad civil es la que resiste con la cordura de las libertades.
Monsiváis ha visto –leído– la locura cotidiana de los poderosos en su célebre columna semanal Por mi madre bohemios. Sus polémicas: desentrañar la responsabilidad única de Díaz Ordaz y su gabinete en la matanza del 2 de octubre de 1968; lo laico como frágil garantía de no volver a postrarse frente a la moral de Las Rodillas Laceradas de la Caridad; lo civil y pacífico de toda resistencia viable y su condena del lenguaje mortuorio de las revoluciones; lo popular, no como folclorismo, sino como derecho a la palabra. Los límites bajo protesta que Monsiváis le ha impuesto a los poderosos, y también a preponderantes no tan asumidos como el subcomandante “Marcos” y al propio perredismo, son eso que comúnmente la gente le pregunta a Carlos Monsiváis: “Dime qué está pasando.” Él, burlón, como siempre, ha inventado aquello de “cuando estaba entendiendo lo que pasaba, ya había pasado lo que estaba entendiendo”.
Monsiváis es quizás el intelectual más escuchado del medio siglo. No el experto, no el académico, no el opinador. Sino alguien que está reflexionando todo el tiempo desde la cultura como una forma de atención. Si Agustín Lara era una atmósfera, más que un género, Monsiváis es una mirada.
Gómez de la Serna escribió que lo cursi “es todo sentimiento que no se comparte”. Es decir, que lo cursi sólo es una forma de percibir una emoción. Quien la padece no se considera cursi, sino inspirado. Lo mismo sucede con otros desdenes. Lo “naco” podría ser una apariencia física que no se comparte. Entonces “cursi” y “naco” son términos que nos lanzamos desde la ausencia de empatía con los otros. Digo esto porque existe un hilo conductor en la obra de Carlos Monsiváis que va de su retrato de Agustín Lara a la extirpación de la palabra “naco” como abierto racismo.
Cuando apareció su esperado ensayo sobre Salvador Novo –el cronista que le hereda a Monsiváis su talento para narrar el presente con ironía, aunque no su oportunismo– me sorprendió el título: “Lo marginal en el centro.” De muchas maneras es una declaración de principios de la obra de Monsiváis: todo lo apartado por la cultura oficialista es puesto en el centro por una mirada centrífuga, disidente, informada. Así, la noche en la ciudad de México, la Marcha del Silencio en 68, Benita Galeana, la pintura de Francisco Toledo, el desvelamiento de los valores lacrimógenos del cine nacional o del Manual de Carreño, los rescatistas del terremoto, las antologías de poesía y crónica, digo, todo eso es puesto en el centro cuando no era ni la esquina. Es una forma de la atención donde Monsiváis funda una nueva república de dichos, objetos y personajes. Por eso tampoco sorprende que acabara gastando todos sus ahorros de conferencias ubicuas, textos que invaden los suplementos culturales y prólogos en comprar una enorme colección de cosas (menospreciadas por los museos) en estanquillos, bazares, mercados de pulgas por toda la República. Es una mirada a la cultura desdeñada pero también llena de emoción, de un sentimiento que no se comparte pero que él está encargado de consignar como legítimo. “Lo fugitivo permanece.” Después de él, “naco” es una marca de ropa muy chic, Agustín Lara está en los remixes y los remixes podrían ser una etnia de mixes recalcitrantes. Desde su canon antioficial, Monsiváis ha sido un pensador de la empatía.
Carlos Monsiváis es el escritor más pop que hemos tenido. En él la obra no es sólo lo escrito y publicado, es lo leído y hablado por igual. Es un autor que restaura una tradición oral vía telefónica, que compone letras de canciones, que anima a fundar editoriales, suplementos, bibliotecas públicas, centros de arte popular. Sus actos de caridad –de los que nunca habla– son en forma de donaciones de libros y películas de su acervo tan extenso que se exhibe en el suelo de su casa.
Es apenas justo que gane el Premio ex Rulfo: en su estudio, donde lee, escribe, y canta canciones inventadas por teléfono, entre los gatos, hay un cuadro. Es la primera página de El llano en llamas. En una esquina del papel un perro aúlla. Quisiera estar en el centro. ~ 

sábado, junio 26, 2010

Carlos Monsiváis, Ciudad de México 1938-2010


Pasiones de Monsiváis


por Carlos Fuentes

Religiosa, sexual, culturalmente, era excéntrico a las normas de la tradición mexicana. Pero su genio consistió en violar la tradición acrecentándola, dándole nuevos caminos a nuestra vida religiosa, sexual, cultural.

Lo había oído, siendo niño Monsiváis, en el programa de Los niños catedráticos. Lo conocí más tarde. Yo estudiaba en la Facultad de Derecho en San Ildefonso. Monsiváis y José Emilio Pacheco eran alumnos de la vecina Preparatoria Nacional. Ambos se acercaron, por ese proceso de imantación que llamamos "simpatía", a los alumnos de jurisprudencia que publicábamos, amparados por el maestro Mario de la Cueva, la revista Medio Siglo. Allí aparecieron, si no me equivoco, textos primeros de Monsiváis y Pacheco. Los unía a nosotros la amistad compartida con Sergio Pitol quien (como yo, más que yo) se acomodaba mal a los estudios y prácticas juristas.

Monsiváis, en cambio, tenía clara la visión de sí mismo. Podíamos, él y yo, parearnos en literaturas contemporáneas. Pero Monsiváis tenía un conocimiento asombroso de la poesía mexicana de los siglos diecinueve y veinte. Competía con Gabriel García Márquez en recitar de memoria a los poetas grandes y pequeños. Añado "pequeños" no por insignificantes, sino porque formaban parte del vasto mundo del acontecer cotidiano, cuyo porvenir desconocemos. Acaso por una suerte de simpatía a la vez anticipada y, por si acaso, histórica, Monsiváis reunía con inmenso interés y cariño letras de boleros, periódicos antiguos, revistas desaparecidas, caricaturas políticas, monos y monerías. Todo lo que cobró presencia histórica en su personal museo de El Estanquillo.

Me inquietaba siempre la escasa atención que Carlos prestaba a sus dietas. La Coca-Cola era su combustible líquido. No probaba el alcohol. Era vegetariano. Su vestimenta era espontáneamente libre, una declaración más de la antisolemnidad que trajo a la cultura mexicana, pues México es, después de Colombia, el país latinoamericano más adicto a la formalidad en el vestir. Creo que jamás conocí una corbata de Monsiváis, salvo en los albores de nuestra amistad.

Compartimos una pasión por el cine, como si la juventud de este arte mereciera memoria, referencias y cuidados tan grandes como los clásicos más clásicos, y era cierto. La frágil película de nuestras vidas, expuesta a morir en llamaradas o presa del polvo y el olvido, era para Monsiváis un arte importantísimo, único, pues, ¿de qué otra manera, si no en el cine, iban a darnos obras de arte Chaplin y Keaton, Lang y Lubitsch, Hitchcock y Welles? Y no se crea que el "cine de arte" era el único que le interesaba a Carlos. Competía con José Luis Cuevas en su conocimiento del cine mexicano y con el historiador argentino Natalio Botana en películas de los admirables años treinta de Hollywood.

Juntos, presentamos hace un año diez películas que juzgamos las mejores de todos los tiempos -del Amanecer de Murnau a Bailando bajo la lluvia de Kelly y Donen-. Pero enseguida nos dimos cuenta de la injusticia e insuficiencia de tal selección. ¿Dónde quedaban Antonioni y Bergman, Rogers y Astaire, el cine de gánsteres, los westerns que Alfonso Reyes calificaba como "la épica contemporánea"? ¿Y dónde, Juan Orol y Rosa Carmina; dónde las cejas actuantes y activas de María Félix y Dolores del Río; dónde los parlamentos inescrutables de Arturo de Córdoba y la inventiva popular de Clavillazo?

Recuerdo estas pasiones de Monsiváis porque formaban parte de su vasto apetito, su fantástica asimilación de todo, añado, lo que el mundo "oficial" desconocía o desdeñaba. Curioso hasta las cachas de lo que sucedía en el mundo político, Monsiváis separaba muy bien la autenticidad de las apariencias y de éstas se burlaba con un humor que desnudaba a los pomposos, desmentía a los mentirosos y señalaba a los criminales. Creo que nadie, en la sociedad mexicana contemporánea, escapó a la mirada, irónica, solidaria, burlona, camarada, de Carlos Monsiváis. La ridícula respuesta de Vicente Fox a la muerte del escritor lo comprueba.

En 1970, estrené una obra mía, El tuerto es rey, en el teatro An-der-Wien de la capital austriaca. Monsiváis, hilarante, me dijo en el intermedio que había en la sala dos o tres espías del presidente Gustavo Díaz Ordaz porque el mandatario imaginaba que el título se refería a él. Típico error de la presunción política, que causó una risa incontenible cuando se lo conté a la actriz María Casares y al director Jorge Lavelli. Con mi amiga Caroline Pfeiffer, que era representante de gente de teatro y cine, viajamos a Italia y presenciamos la filmación de La muerte en Venecia de Thomas Mann. Dirigía Luchino Visconti y, después de saludarlo, Monsiváis miró al Adriático y prometió no lavarse más la mano. Seguimos a Milán, donde una confusión enredó a Carlos con una manifestación de comunistas, y a París, donde lo invité a vivir en el apartamento que yo ocupaba en la Isla St. Luis. Juntos fuimos, guiados siempre por Caroline, a la casa de campo de Alain Delon, quien nos sentó dos días a ver el Mundial de fútbol en la tele y, de regreso a París, fuimos juntos también a visitar a Pablo Neruda en el hotel del Quai Voltaire.

Neruda estaba en cama, empijamado, fatigado tras asistir al entierro de Elsa Triolet, la mujer de Louis Aragon. La conversación Neruda-Monsiváis fue muy singular.

-¿Cómo se encuentra? -le preguntó Neruda a Monsiváis.

-Sucede que me canso de ser hombre -contestó Carlos.

Al principio, Neruda no registró la cita.

-¿Y qué hace en París? -continuó Pablo.

-Juego todos los días con la mar del universo. -Citó Monsiváis, y Neruda, cayendo en el juego, se rió y decidió continuarlo, hasta la pregunta a Carlos:

-¿Y que escribe ahora?

-Los versos más tristes.

-¿Cuándo?

-Esta noche.

Ingenio rápido, cultura profunda, mirada penetrante, referencia oportuna, melancolía escondida, regocijo siempre.

¡Qué falta nos harán todas estas características del grande y único Carlos Monsiváis!


Fuente: El País

Fotografía: Uly Martín