jueves, julio 07, 2016

CANTORES QUE REFLEXIONAN
NOTAS PARA UNA  HISTORIA PERSONAL DE LA
NUEVA CANCIÓN CHILENA


PRÓLOGO
(NANO STERN)

Como un chasqui de otro tiempo
que va cargado de historias
nos devuelve la memoria
cual tormenta con el viento.
El Gitano y sus mil cuentos
son un eslabón perdido
que de pronto ha aparecido
cuando más se necesita
y que desde un libro agita
recuerdos desvanecidos.

Desde Valpo hasta París
los relatos van hilando
una historia que cantando
se forjó en nuestro país.
Mas de pronto y de raíz
muchos fueron exiliados,
incluso martirizados
por cantarle a la verdad
que agitó la realidad
de los pueblos hermanados.

Entre quenas y guitarras,
entre cuatros y charangos,
entre tonadas y tangos,
y entre mil noches de farra,
siguiendo a Violeta Parra
una tropa de aprendices
cultivaron sus raíces
y así dieron nacimiento
al enorme movimiento
que conquistó mil países.

Pato Manns enamorado
de su América soñada,
la guitarra desnudada
de Víctor acribillado,
Ángel siempre engalanado
combatiendo tiranías,
regado de poesía
el canto de la Chabela,
junto a Héctor y Gabriela
bailando con picardía.

Los Quila, fundacionales,
vestidos de eterno luto,
y el Inti, fecundo fruto
de los astros celestiales.
Aparcoa y los caudales
de su canto chilenero,
y el Payo, siempre certero
con su banjo desafiante...
¡qué lote más infartante,
de imaginarlos, me muero!

Y, por último, el Gitano,
que nos deja el testimonio
de este enorme patrimonio
chileno y americano.
Cuánto se agradece, hermano,
que se extienda esta cadena
que nos une, enhorabuena,
con la bella tradición
de la que eres eslabón:
la Nueva Canción Chilena.

Fuente: CANTORES QUE REFLEXIONAN. Notas para una historia personal de la Nueva Canción Chilena. Editorial Hueders. 2015.

martes, abril 14, 2015




    Recordar a Eduardo Hughes Galeano                                                        

Por Hamlet Hermann

Comenzando la mañana del lunes 13 de abril de 2015 recibí una llamada de Cabito Gautreaux. “Tengo que darte una mala noticia: tu amigo Galeano murió hace un rato.” Entonces sentí la misma sensación que experimenté seis años atrás cuando mi hermano Dardo murió. Sentí algo así como un desconcertado desaliento mientras el ánimo me abandonaba. Corté la comunicación telefónica y reflexioné.

Sabía del pésimo estado de salud en que se encontraba Eduardo. Recordé entonces aquellos días de 2006 cuando me aparecí por sorpresa en Montevideo, al recibir la noticia de que al hermano uruguayo lo habían intervenido quirúrgicamente en un pulmón. Preparado para lo peor consideraba que con una persona tan amante de la vida como Gius, no le iba resultar fácil a la parca llevárselo consigo. Contrario a lo que esperaba, al llegar a la casa de la calle Dalmiro Costa, lo encontré dirigiendo y protagonizando una parrillada en el patio, acompañado, nada más y nada menos, que de Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.

El olor que emanaba de los churrascos opacaba los jazmines blancos que despiden su aroma al caer la tarde. Fracasado el primer intento de la parca, pasamos los más alegres días ayudando en la preparación del concierto que presentarían aquellos geniales artistas.
Ahora, en 2015, la parca no dio tiempo a mucho. Habíamos estado en contacto directo para facilitar la recepción del premio que le concediera la Feria internacional del Libro de República Dominicana el año pasado. Pero la enfermedad se interponía y no dio tiempo para que lo entregáramos personalmente.

En febrero recién pasado, Helena nos envió las fotos que había tomado durante la visita que le hiciera Evo Morales, Presidente de Bolivia. Le entregó a Eduardo un libro en el que los bolivianos reclaman su derecho a conectar con el Océano Pacífico. Esas imágenes, nos prepararon para lo que hoy sentimos. La transformación del físico del amigo era evidencia de un fin cercano.

Ahora que ya Eduardo, Gius, Dudú o Galeano no estará más con nosotros, tendremos que refugiarnos para siempre en los recuerdos que nos dejó.

Me quedo con el recuerdo de aquella libretica en la que acumulaba las expresiones y particularidades de cuanto tenía lugar a su alrededor. Diminuta, como de tres centímetros por cada lado la desenfundaba cual pistolero del Far West, para anotar lo que sospechaba podía negarle su traicionera memoria en el momento que la necesitara. Un día, envueltos en un intercambio fraternal, califiqué algo que dijo como de poca importancia. Para expresarlo, alegué que aquello no era más que un “gadejo”. Suspendió la discusión y preguntó presuroso al tiempo que desenfundaba su arma literaria qué era eso de “gadejo”. “Ganas de joder, Eduardo, Gadejo significa en buen dominicano ganas de estropearle el momento a los demás.” Y allí quedó grabada la expresión en la minúscula libretica.

Recordaré las dedicatorias que dejó en cada uno de los libros que me enviaba tan pronto los publicaba. La frase siempre fue distinta y todas contaban con la combinación del creativo literario con el creativo dibujante. Un cariñoso texto y un trazo con tres circulitos que simbolizaba a la editora de sus obras: Ediciones El Chanchito.

Cómo olvidar que más de veinte años atrás me cambió el nombre. Para Eduardo, dejé de ser Hamlet Hermann al convertirme en Jota Jota. Razón no le faltaba. Una noche del siglo pasado, sentados en su aromático patio, hablamos de mis nombres anglo uno y sajón el otro. El origen familiar, allá por el desaparecido imperio austro húngaro. Hablamos del estoicismo necesario para llevar nombres que en la zona del Caribe nadie pronuncia como debía ser. Me han llamado de tantas maneras diferentes que respondo hasta cuando nada tiene que ver conmigo. Entonces, este uruguayo se acogió a la fonética utilizada  por un vendedor ambulante de República Dominicana y me bautizaría en lo adelante como Jota Jota, en vez de Hache Hache. Por eso en sus correos electrónicos y en sus dedicatorias todas llevan el cariño fraternal a través de dos letras: J. J.

Cómo  olvidar aquel hombre amante de la vida y sus bellezas que una noche decidió llevarnos a cenar donde “el chef de todos los chefs” uruguayos. El lugar donde los chefs de Montevideo iban a disfrutar de exquisitos platos y a discutir su  contenido y cocción con los mejores conocedores de la cocina internacional. Nos sentaríamos a lo largo de una acera, al aire libre en una noche de verano montevideano donde él oficiaría como máximo pontífice de la amistad y de la vida.

Por todo esto tendremos que acostumbrarnos a vivir solo con su ejemplo de dignidad y como defensor de todo aquello en lo que creemos los que respetamos al ser humano.

Fuente: Segunda cita (Silvio Rodríguez)

domingo, marzo 15, 2015




NUEVA CRÓNICA URBANA DE VALPARAÍSO

El fondo tiene un vaso


El vaso de ajenjo
Sin datos hstóricos, listas de locales, fechas ni nombres
"importantes" estos artículos llevan tal vez el espíritu intemporal de nuestra bohemia, con sus alturas y sus bajezas...

-"Qué son esas risotadas en la sección Deportes?". El jefe de Informaciones de La Estrella - Jayme González Frey- se extrañaba cada lunes: sus periodistas ocupaban una hora en la mejor mañana de las semanas en reír. Y respondían con evasivas fomes: el jugador del Wanderers que (como estaba con la barrera encima) hizo un tiro libre prisionero, la bicicleta de la Vuelta a Chile que chocó con el auto escolta y lo hizo tiras... Todos los santos lunes. "Y ahora qué fue, qué les causa tanta risa". "Es que sumando los kilómetros que hace Bruno Bernal emntrenando descubrimos que ha dado seis veces la vuelta al mundo sin salir de la costanera". Hasta que sorprendió la vera causa: Pancho Núñez y sus andanzas en la noche. Había ido a tal local, o tal otro, y le había pasado tal cosa. Demoraba diez minutos en narrar en forma entretenida una espera aburrida de diez minutos, cuando -como todo porteño- quedó plantado en la plaza Aníbal Pinto. Cuando otra persona contaba similares desventuras, el resultado eran sonrisas condescendientes, miradas sin interés; bostezos disimulados... Pero con Núñez los bares, espectáculos, excesos con el trago, andanzas de personas y personajes parecían revivir en relatos irresponsables, amorales y dotados con un hálito especial: parecían referirse a un tema cualquiera (una anécdota) y a la vez llevaban un discurso subyacente (la bohemia de Valparaíso).
En otros tiempos ese periodista quería vivir en el límite: había coparticipado en la transgresora revista Klítoriz, publicado el libro de poesía Neoprén y performanceado su texto Sadomasoquismo Chileno con una delirante, sufridora y cruel puesta en escena. Todo con sonrisas y cero aproximación teórica: su gesto era el gesto... pero de pronto -con coprbata y vestoncito de cotelé- se sentó en su banquillo del diario La Estrella. "Cóoomo". "Cómo puedes sujetar tu indisciplina a estar encadenado a la cadena El Muerturio; no vas a durar ni media hora". "¿Otro año más? Cómo puedes seguir en un diario que se lee en tres minutos" "Cómo, cómo, cómo". Para todo había una respuesta vaga. Y para remediar posibles insatisfacciones: salud!! A seguir metiéndose en la noche anónimo como un Clark Kent al revés. Los relatos de sus jornadas nocherniegas eran más memorables que sus jornadas nocherniegas. ¿Cómo qiuedaría esa vivacidad hecha de gestos, sonrisas, imitaciones y fragmentos silbados inmovilizada por escrito? El periodista lo tomó con sorpresa cuando su jefe, en vez de un regaño, le ofreció una sección en el suplemento Superestrella. "Crónicas de Medianoche". Haciéndose el desinteresado aceptó pues al fin y al cabo quién más!!! Pero quedaba medio escollo: ¿Se firmaría Núñez, sabiendo que quien escribía era un otro tan muy otro con respecto al funcionario que salía en las mañanas a preguntar a la gente "¿usted cree que el borde costero debe ser edificado??". Tal vez debería sacarse el nombre.
Ajenjo. La bebida europea de los poetas malditos. La otredad y ajenjo. Y evocar al niño Rimbaud bebiendo cantidades navegables y tocando seductor a Paul Verlaine por bajo la mesa, con el propósito de transgredir, en plena temporada en el infierno. O Anthonin Arthaud queriendo vivir la otredad y asumiendo que la vida es puro teatro cruel... Absenta. La bebida había sido prohibida pues en los siglos XVIII y XIX fue una de las principales causas de manicomio. Por eso no extrañó que -cuando alguien envió a Francisco una botella desde París- éste quisiera compartir: invitó a su casa, puso en la mesa ocho copas con ocho cuchillos y ocho terrones de azúcar. En el fondo, el cuadro de Degas "El Ajenjo", desde la etiqueta. El fuego se apoderó del azúcar y la madre de todas las hierbas se apoderó de todos... Los invitados bebieron... y vieron fuegos artificiales!!!! Pues la ciudad se recubría ese día mismo con una nueva esperanza: Valparaíso había sido nombrado Patrimonio de la Humanidad y eso prometía futuro esplendor: no cabía duda de que habría resguardo patrimonial, que no se alzarían mamotretos en el borde costero, que las autoridades administrarían sabia y honradamente, escuchando al ciudadano....
Empezó después a firmarse Ajenjo... Y su sección tiene hoy lustros y litros de buena salud, e impensables lectores a favor (que a veces han brindado al cronista la satisfacción de decirle que, si tuvieran con qué, lo invitarían) o en contra (que lo telefonean para reprochar que hace lucir como leones a pobres gatos). En el intertanto, ha sido declarado cliente non grato (al punto de no querer atenderlo más por haber difamado un vino "de la casa" llamándolo "vinagrillo") o amigo íntimo en algunos locales, que se dan prestigio pegando un artículo suyo entre impensables fotos de cantantes de anteayer o futbolistas semiebrios que pasaron por allí. Sin datos históricos, listas de locales, fechas ni nombres propios "importantes" estos artículos llevan tal vez el espíritu intemporal de nuestra bohemia, con sus alturas y sus bajezas...
Pero ¿qué es bohemia, y se puede decir que tenemos nuestra propia bohemia? La palabra se difundió vinculada a algo más que una región geográfica checa en el Romántico: in ille témpore se valorizó -entre otras cosas- lo popular. Y de aquello, los gitanos, en sus carromatos y extensas jornadas de licor y violín, donde asistían escondidos Paganini, Liszt, quienes veían bailar al diablo en las fogatas... Venían de Bohemia. Eran pues bohemios, y todos quienes asistían a esas jornadas nocturnas de distensión y alcohol y rapto parecían también lo mismo. Juerguistas, calaveras, los habían llamado antes, y ahora los llamaban bohemios; en un primer momento haciendo alusión a los artistas, en un tercer momento expandiendo el significado a todos los ciudadanos nocherniegos... y en una quinta etapa constriñendo el nombre a aquellos que consumían en locales, que tenían el hábito de las tertulias o conversaciones y que parecían vivir de noche. En contraposición se desvinculó de la palabra a varios tipos: entre ellos el curagüilla, que podía ser bebedor diurno y no consumir en locales, y el guachaca, que podía hablar cabezas de pescado y por lo bajo.
Desde luego, en Valparaíso se han dado estos tipos humanos en una profusión anormal, y esa rareza se nos hizo propia: desde que acabó la prohibición española de comerciar sólo por el puerto de Callao en estos mares (a finales del Siglo XVIII) hasta la apertura del canal de Panamá (a principios del XX) fuimos el Emporio del Pacífico: barrio chino con fumaderos de opio, cuadras y cuadras de tabernas y marinos que llegaban por miles a deshacerse y gastar en dos días seis meses de ganas, cantores, y un ataúd verde y una botella de ron. desde ahí -como una flecha que disminuye- han pasado los auges y declinaciones sin afectar el mito de la bohemia porteña. Quien quiera conocer la de estos años puede vivirla, pero -si quiere divisarla por libro- dele play a estas crónicas.
Víctor Rojas Farías

Fuente: El fondo tiene un vaso (Nueva crónica urbana de Valparaíso). Francisco Núñez Lozano. Agora Ediciones, 2013.

miércoles, septiembre 10, 2014




La misión de un hombre

José María Memet
 

Un hombre es un hombre
en cualquier parte del universo
si todavía respira.

No importa que le hayan
quitado las piernas
para que no camine.

No importa que le hayan
quitado los brazos
para que no trabaje.

No importa que le hayan
quitado el corazón
para que no cante.

Nada de eso importa,
por cuanto,
un hombre es un hombre
en cualquier parte del universo
si todavía respira

y si todavía respira
debe inventar unas piernas,
unos brazos, un corazón,
para luchar por el mundo.


Fuente: "Bajo amenaza", 1979. José María Memet.

miércoles, agosto 13, 2014






LA CANCIÓN EN EL SOMBRERO

Historia de la música de
INTI-ILLIMANI

Por Horacio Salinas

 A modo de Introducción

Hace muchos años, en Berlín,¿tal vez en los ochenta?, mientras nos alejábamos luego de un concierto en el teatro Volksbühne, se acercó un hombre mayor con cara de intelectual –en verdad la mitad de los alemanes parecieran serlo-, pero en este caso era uno de ellos, un musicólogo, para preguntarme: “Señor Salinas, ¿qué significa tatatí en lengua quechua? ¿O es aymará?”. “La verdad –le respondí con asombro-, se trata de una palabra inventada por mi mujer, y es solo la onomatopeya de la melodía de la pieza instrumental, que se le ocurrió en el instante mismo en que la compuse, pues algo le llamó la atención a Irene como para pedirme que la repitiera. ‘¿Cuál melodía?’, le dije, y ella me insistió: ‘Esa que suena  t ata ti’”. Era el año 1971. Luego de esta anécdota con el estudioso, me dije: algún día escribiré sobre el origen de las canciones, las piezas instrumentales, los arreglos, en fin, los momentos que resultan decisivos en la vida azarosa de la creación y que bien pudieran enriquecer y complementar nuestra curiosidad.

Y heme aquí entonces, manos a la obra, con los torpes dedos de mis manos sobre el teclado (la verdad, solo los índices de cada una) y cierta ansiedad por descubrir el tono de la narración que, espero, no la haga “desmayada y baja” como sentenciaba Cervantes y repetía mi padre.

Desde aquel episodio alemán ha pasado un buen trecho de tiempo. Han nacido no pocas canciones y discos. Ha cambiado nuestra residencia, Chile, Italia y hoy Chile nuevamente, y también cambió la vida del grupo que el musicólogo estudioso fuera a escuchar con vibrante entusiasmo, el Inti-Illimani. Aunque es preciso decir que si bien siempre cambió la música del Inti, también siguió siendo la misma; como si fuera una sola, y su historia, la posibilidad de escucharla en diferentes fragmentos aparentemente dispersos.

Quizá por esto me he propuesto contar los inicios de esas músicas y sus peripecias, con los entornos que se van salvando del ineluctable paso del tiempo y el acecho del olvido. Acercarme a las respuestas que tienen preguntas como estas: ¿cómo se hace el montaje de una canción? ¿Cómo viene la invención de una canción? ¿Qué cosas se privilegian y cuáles se descartan en el trayecto que determina un arreglo musical? ¿Son  todos creadores? ¿Qué responsabilidad tiene el director musical, y qué dificultades? Quizá no sea esto último algo muy distinto de lo que enfrentamos en otras áreas de la vida llegado el momento de ir tras un propósito, que en este caso, hay que decir, es temerario pretenderlo con palabras por lo inefable del lenguaje musical.

Deseo, por último, no ser majadero ni torpemente ensimismado, consciente del carácter solista de este amacord que espero esté exento de especulaciones y alucinaciones. Sé que por sobre toda crónica está la música que seduce y perdura casi sin necesidad de explicación alguna, y esto relega, afortunadamente, toda narración a una mera anécdota. Pero sé también que fui partícipe privilegiado, desde mis dieciséis años y desde la dirección musical, de una aventura que ha cumplido más de cuarenta y seis años, hoy año 2013. No se me escapa también que junto a este número hay otro que habla con trascendencia: cuarenta años atrás llegamos por primera vez a la luminosa, cálida y húmeda Italia de aquel mes de septiembre del 73, con ojos alegres y oídos curiosos que cambiaron a los pocos días de nuestra llegada, con el golpe de Estado del 11 de ese mes. Desde todo esto quiero hablar, casi desde mi silla en la sala de ensayo o desde el taburete sobre el escenario.

Prevengo que no será un anecdotario, que bien pudiera protegerme ante la impericia de mi escritura, pero mi memoria se desordena y tiende a ser más aguda con el recuerdo de las notas musicales que con los chascarros y sucesos ciertamente abundantes y sabrosos que hemos acumulado en casi medio siglo.

Fuente: "La canción en el sombrero. Historia de la música de Inti-Illimani", Horacio Salinas, Editorial Catalonia, 2013.

lunes, agosto 11, 2014

 

  La ética del idioma

El gran peligro es que el discurso del odio se imponga en el espacio cibernético

por Enrique Krauze

En el monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, venerable cuna del español, tuvo lugar en mayo el IX Seminario Internacional de Lengua y Periodismo sobre El español del futuro en el periodismo de hoy.Convocado por la Fundación Fundéu BBVA, lo inauguró la entonces princesa Letizia, quien resaltó la importancia del rigor en el quehacer periodístico. Hubo excelentes intervenciones, discusiones originales, y una visita a las bodegas del “bon vino”, que ya celebraba Gonzalo de Berceo.

Mi intervención fue una aproximación a ciertas preguntas acuciantes, cuya eventual respuesta no es (sola, ni principalmente) asunto de corrección gramatical, claridad del estilo o elegancia expresiva: pertenece al universo de la ética. Como un Cristóbal Colón verbal e intelectual, nuestra lengua se ha adentrado en un territorio sin cartografías seguras: el océano verbal de Internet. ¿En qué lugar nos encontramos? ¿Llegaremos a puerto seguro? ¿Nos espera en el futuro una conversación creativa que exprese la realidad, por más compleja que sea, la mejore y la libere, o un retorno maléfico —opresivo, empobrecedor— a la Torre de Babel?

Todos (o casi todos) estamos embarcados en esta travesía. No por casualidad se acuñó el término “navegar” para la operación de aventurarse en la Red. Navegamos en ella para comunicarnos con familiares, con amigos reales y virtuales; navegamos para atrapar noticias, curiosidades, imágenes; navegamos para emitir opiniones, para recibirlas, para participar en la plaza pública. Al navegante creativo, al que no espera solo la información sino que discurre sus propios mapas, se le abren inmensas posibilidades de expandir la realidad (y la conciencia de la realidad). Y para el emisor de información, las potencialidades de esta era pueden ser, ya son, generosas y múltiples.


Pero no nos deslumbremos demasiado con la revolución de la que formamos parte porque, como todas las revoluciones, puede terminar creando monstruos y devorando a sus hijos. Hay peligros de toda índole en esta travesía. Aquí me importa referirme a los peligros morales: el riesgo de que esta conversación universal se degrade por falta de un código ético que, respetando la libertad de expresión —madre de todas las libertades— introduzca un mínimo de respeto y racionalidad en ese mar que, por su potencial violencia, puede ahogarnos a todos.

No son pocos ni triviales los vicios éticos en los que se incurre en el uso de las redes, ya sea en los comentarios al pie de un texto periodístico o en las interpelaciones anónimas en Twitter o Facebook. No me refiero a la violencia verbal, triste pero inevitable. Hoy leemos lo que antes sólo se musitaba en el silencio. La gente maldice, la gente insulta. Hay algo sano en ese desahogo, algo liberador, sobre todo en pueblos como los nuestros, habituados a callar y obedecer, no a opinar o disentir sobre los asuntos públicos. Ahora vivimos la abolición de las viejas jerarquías, el debilitamiento de las burocracias, la posibilidad real de una comunicación horizontal entre el ciudadano común y el encumbrado. Fuenteovejuna en la Red.
Pero leamos con más detenimiento otros tipos de violencia que van más allá de la justa o injusta indignación, de la protesta legítima y airada, de la maldición tan antigua como la Biblia. La travesía se adentra en zonas oscuras: los dominios de la mala fe.

El mar encrespado al que aludo es el llamado “discurso del odio”. Sus armas son muy conocidas, y pueden ser letales. Ante todo, la mentira y la calumnia, cuyo ominoso profeta fue Goebbels: “Repite una mentira mil veces y se volverá verdad”. Contamos, claro, con el recurso de la réplica instantánea en la Red, pero ¿qué ocurre cuando el discurso del odio va más allá, cuando se convierte en una incitación abierta o tácita a la violencia? Sucede cada vez más, el tránsito de la violencia verbal a la violencia real. Las redes pueden convocar movilizaciones pacíficas, liberadoras; también pueden atizar hogueras.

¿Cómo hacer frente al discurso del odio, veneno moral de nuestro tiempo? Ante todo, es preciso analizarlo con claridad, entender su naturaleza, medir sus efectos. A partir de allí establecer un diálogo con las grandes corporaciones que proveen estos servicios para que ellas mismas discurran soluciones inteligentes e impidan que sus creaciones se conviertan en los Frankenstein del siglo XXI. Importa también alentar el debate jurídico sobre el tema. No es sencillo. Potencialmente compromete a la libertad de expresión, que es un valor cardinal de Occidente. Pero sabemos por la experiencia del siglo XX los estragos a los que lleva la prédica del odio.

El discurso del odio no solo se finca en la mala fe. Si así fuera, sería más sencillo combatirlo. Se finca a veces en la simple fe, exacerbada al extremo de la intolerancia por los fanatismos de la identidad, ya sea religiosa, racial, nacional, ideológica.


Y por si fuera poco, asociados en ocasiones a esos antiguos fanatismos que han resurgido en nuestros días están los malos hábitos intelectuales. En la Red, es verdad, uno encuentra ejemplos de crítica dura, implacable, irreductible, acaso injusta o arbitraria, pero mínimamente fundamentada, racional. No obstante, lo que por desgracia prolifera es la mala crítica, hija de la mala fe. Sus vicios no son privativos de nuestros países ni de nuestra lengua. Están en todas partes. Pero es importante identificarlos, porque son el herramental del discurso del odio.

Cada categoría merece un análisis de fondo. Está el “doble rasero” para juzgar los hechos, tan antiguo como el Evangelio, que por ver la paja en el ojo ajeno, no ve la viga en el propio. Está la “homologación” de hechos no homologables (como el uso vulgar de la palabra “genocidio” que acaba por privar de sentido a los verdaderos genocidios). Están a la mano —omnipresentes, vastas y tan fáciles— las teorías de la conspiración, que en 140 caracteres explican el mundo por la oscura acción de los malos. Está el reduccionismo ramplón, las cortinas de humo que ocultan la verdad, las tontas simplificaciones, las absurdas exageraciones, el victimismo paranoico, el tentador maniqueísmo, el ataque ad hóminem.

¿Qué hacer frente a esta fauna que enturbia el presente y amenaza el futuro de nuestra navegación? ¿Cómo dotar a nuestra lengua, en el espacio cibernético, de valores tan esenciales como la transparencia, la claridad, la tolerancia y el rigor?

Un remoto bisnieto de España, de aquella España que se llamó Sefarad, anticipó algunas respuestas. Me refiero a Benedicto de Spinoza. Descendía como se sabe de aquellos judíos expulsados de España en 1492, para quienes la lengua española se volvió tan entrañable que la seguirían usando y añorando a través de los siglos. Este filósofo universal que vivió en tiempos similares a los nuestros —tiempos de fanatismo, tiempos de odio— predicaba en sus libros una “enmienda intelectual” basada en el examen “claro y distinto” de las pasiones como vía para comprenderlas y explicarlas, y derivar de ese conocimiento la genuina libertad. Esa es, me parece, la cartografía que necesitamos dentro y fuera de la Red: una enmienda intelectual para nuestro tiempo.

Fuente: elpais.com

martes, julio 29, 2014






FALAJ

El agua es un río de arena que brilla en el mar
y las estrellas caen a pedazos
como los niños en medio de un fuego mortal

El fuego es un faro de miel que incendia la noche
y las abejas vuelan en pedazos
como los niños en medio de una colmena fatal

El aire es una cometa de papel que no vuela más
y las palabras se hacen pedazos
como los niños en medio de este poema funeral

La tierra es un desierto de agua y sal
y los niños que mueren en la franja de Gaza
viajan en un río de arena hacia el mar