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sábado, mayo 07, 2011



Sentido Común


por Ernesto Sábato


El mundo de la experiencia doméstica es tan reducido frente al universo, los datos de los sentidos son tan engañosos, los reflejos condicionados son tan poco profetices, que el mejor método para averiguar nuevas verdades es asegurar lo contrario de lo que aconseja el sentido común. Esta es la razón por la que muchos avances en el pensamiento humano han sido hechos por individuos al borde de la locura. Mediante una lógica estricta Parménides llega a probar que la realidad es inmóvil, eterna e indivisible; si alguien viene y le observa que el mundo, por el contrario, está compuesto por infinidad de cosas y que esas cosas no están en reposo sino que se mueven, y que no son eternas, pues se desgastan o rompen o mueren, el filósofo dirá:

—Tiene usted razón. Eso prueba que el mundo tal como lo vemos es una pura ilusión.

Dudo de que un griego medio no calificase a Parménides de insano, después de esta conclusión. También parece locura afirmar, como Zenón de Elea, que la flecha no se mueve, o que la tortuga no será jamás alcanzada por Aquiles; o, como Hume, que el yo no existe; o, como Berkeley, que el universo entero es una fantasmagoría. Sin embargo, son teorías lógicamente irrebatibles y señalan una posibilidad. El hecho de que contradigan brutalmente al sentido común no es una prueba de que sean incorrectas. Como dice Russell, “la verdad acerca de los objetos físicos debe ser extraña. Pudiera ser inasequible, pero si algún filósofo cree haberla alcanzado, el hecho de que lo que ofrece como verdad sea algo raro, no puede proporcionar una base sólida para objetar su opinión”.

Creo que un tribunal que actuase en nombre del Sentido Común, condenaría al manicomio a Zenón, Parménides, Berkeley, Hume, Einstein.

Es digno de admiración, sin embargo, que el sentido común siga teniendo tanto prestigio didáctico y civil a pesar de todas las calamidades que ha recomendado: la planitud de la Tierra, el geocentrismo, el realismo ingenuo, la locura de Pasteur. Si el sentido común hubiese prevalecido, no tendríamos radiotelefonía, ni sueros, ni espacio-tiempo, ni Dostoievsky. Tampoco se habría descubierto América y este comentario, como consecuencia, no se habría publicado (hecho que, desde luego, no pretendo poner a la par del indescubrimiento de América).

El sentido común ha sido el gran enemigo de la ciencia y de la filosofía, y lo es constantemente. Argumentar la inverosimilitud en contra de ciertas ideas es muestra de una enternecedora candidez. Les pasa a esta gente lo que a aquellos campesinos de Mark Twain que asistían a una función de circo: cuando vieron las jirafas se levantaron y exigieron la devolución del dinero, pues se creyeron víctimas de una estafa.

El Hombre Medio se jacta de cierto género de astucia, que consiste en descreer de lo fantástico. Sin embargo, hablando en términos generales, se puede afirmar que vivimos en un mundo enteramente fantástico.

Este hecho evidente es oscurecido por su evidencia, como dice Montaigne de “ce qu’on dict des voysins des cataractes du Nil”, que no oyen el ruido.

El sentido común es el rechazo de fantasmas desconocidos pero es la creencia en fantasmas familiares: rechaza los cinocéfalos y monóculos, como si fuese menos monstruosa la existencia de personas sin su correspondiente cabeza de perro, o con dos ojos en vez de uno. Es en parte cierto que el sentido común es enemigo del milagro, pero del milagro inusitado, si se permite.

Es el sentido de la comunidad apto para una confortable existencia dentro de límites modestos, de espacio y tiempo: en Laponia recomienda ofrecer la mujer al caminante y aquí asesinarlo si la toma. Un galeote se admiraría de la pretensión de curar un dolor de muelas con una aspirina siendo sabido que se cura aplicando una rana en la mejilla; por un mecanismo similar el médico se asombraría de que alguien pretenda curar el dolor de muelas con una rana. La diferencia estriba (según el médico) en que la idea del galeote es una superstición y la de él no. No veo una diferencia esencial. Al final de cuentas, buena parte de la terapéutica contemporánea consiste en supersticiones que han recibido nombre griego. Y en rigor poca gente hay tan supersticiosa como los médicos: cuando cunde alguna nueva superstición, como la extirpación de las amígdalas, llegan a pensar que cualquier enfermedad puede ser curada mediante ese extraño procedimiento, no sólo los dolores de muelas. En general, puede decirse que el rechazo enérgico de una superstición solamente puede ser hecho por gente supersticiosa, pues son los únicos que creen firmemente en algo: los verdaderos hombres de ciencia son demasiado cautelosos para rechazar definitivamente nada.

Que el sentido común es la magia y la fantasía más desatada, es fácil de probar: mediante ese diabólico consejero un campesino jura que la tierra es plana y que el Sol es un disco de veinte centímetros de diámetro. En su furia mágica, puede llegar a abolir grandes sectores de la realidad, no sólo a deformarlos.

Es probable que muchos de los problemas actuales de la filosofía y de la ciencia tengan solución cuando el hombre se decida de una vez a prescindir del sentido común. Apenas salimos de nuestro pequeño universo cotidiano, dejan de valer nuestras ideas y prejuicios. Esta es la causa de que el absurdo nos acometa por todos lados. Más, todavía: es deseable que sea así, pues es garantía de que se anda por buen camino. Si un astrónomo presenta una teoría del Universo que sea aceptable para el hombre corriente, seguramente que está equivocado. Si otro afirma que en ciertas regiones remotas el tiempo se paraliza, ese señor debe ser escuchado con respeto, pues puede tener razón.

Las teorías científicas y filosóficas están todavía demasiado adheridas al sistema conceptual de entrecasa. Su defecto tal vez es el de ser aún poco descabelladas.


Fuente: Uno y el universo, Editorial Seix Barral, 1945.
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


martes, marzo 16, 2010




La subversión del sentido común


por Claudia Korol



Un obstáculo que encuentran los movimientos populares en sus batallas cotidianas es el peso del sentido común, que modela nuestras subjetividades individuales y colectivas.

El poder ha venido adquiriendo sofisticación en la manipulación autoritaria del sentido común, realizada a través de los medios masivos de comunicación, la influencia de las iglesias, las sectas, la educación escolar, la familia y las instituciones que organizan, homogeneizan y disciplinan nuestras creencias, formando consenso a la dominación.

El sentido común es básicamente conservador, y actúa como naturalizador de las diversas opresiones.

La subversión del sentido común implica desnaturalizar las opresiones, descubrir sus mecanismos, sus responsables, quiénes son los opresores y quiénes somos oprimidos y oprimidas. Qué intereses se defienden o reproducen con la opresión. Y sobre todo, cómo se vuelve insoportable vivir y convivir con estas opresiones.

El sentir como insoportable las opresiones implica un paso adelante en la posibilidad de dar batalla contra las injusticias. Es no sólo aprender a reconocerlas, sino forjar sentimientos de rabia, indignación, intolerancia ante las mismas. Rebelión visceral, que tal vez no pueda realizarse en lo inmediato, pero que se vuelve –mediada por las búsquedas colectivas– animadora de gestos de desobediencia ante los mandatos que nos subordinan.

La subversión del sentido común, punto de partida de la pedagogía emancipatoria, atraviesa ideas, sentimientos, creencias, resultando en consecuencia un proceso complejo de desaprendizaje y aprendizaje que rehace y crea sentidos, que toca los miedos, los dolores, los sueños, las esperanzas individuales y grupales, las utopías posibles, la fe y las crisis de fe, las posibles creencias, empujando desde todas las fuentes de energía de los hombres y mujeres, jóvenes, niños y niñas, ancianas y ancianos, acciones humanizadoras de la vida.

Subvertir el sentido común implica comprender también cómo se introyecta en nosotros y nosotras la cultura de la dominación. Significa cambiar nuestras percepciones sobre lo que son conductas “naturales” y lo que son valores y actitudes eficaces para dominar. Significa “aprender” y “aprehender” que el cambio cultural y el social no sólo son necesarios, sino que son deseables y posibles de ser realizados.

Sin embargo, esta transformación que es individual y es colectiva implica un gran riesgo, ya que no se resuelve simplemente en una diferente formulación de las ideas que tenemos sobre el mundo, sino que atraviesa nuestras nociones más profundas, nuestras prácticas cotidianas, nuestra manera de estar en la vida y en la historia. Implica por lo tanto crisis personales y colectivas; cuestiona aspectos fundantes de nuestra identidad, como la estructura familiar, las creencias religiosas, el respeto a los saberes emanados desde los diversos poderes –desde los superpoderes que se expresan a través de actos de gobierno hasta los micropoderes del médico que decide o tiene la pretensión de decidir sobre los cuerpos de las mujeres, por ejemplo.


Es por ello que la subversión del sentido común no puede resultar solamente un acto de autocrítica personal o de toma de conciencia individual. Es necesario unir esta dimensión a las posibilidades que generan las prácticas colectivas, las propuestas grupales, comunitarias, para afrontar los riesgos de la crisis de nuestras identidades individuales, y también intentar cambios, sabiendo que existen soportes en red para nuestras posibles caídas. El “estar juntos o juntas” en el ejercicio de las diferencias o de las desobediencias hace que estas no sean fácilmente aislables, marginables, y por lo tanto condenables. La fuerza del encuentro, la grupalidad, la creación de espacios comunes para sostener la desconfianza y la desobediencia –real o virtual– ante el sistema crean identidades que refuerzan la autoestima y la capacidad de desafío del sistema, haciendo más creíbles las rebeldías para sus mismos actores. La reunión de las impaciencias, de los malestares frente a lo que se percibe como injusto, es un camino de sostén de estos malestares, ya no como “problemas” individuales, susceptibles de ser resueltos o marginados por el sistema, sino como elementos que al juntarse comienzan a constituirse en desafíos al sistema. La reunión de las rabias crea el espacio para que estas amenacen ya no a sus portadores, sino a quienes las generan desde el ejercicio del poder.

La subversión del sentido común es la socialización de la sospecha frente a lo que se presenta como lugar común, como natural, como dado, como eterno.

No alcanza con desnudar las variadas formas de alienación. No se trata de un ejercicio de esgrima entre dos saberes enfrentados y dos lógicas opuestas en la interpretación del mundo. Por ello, en la subversión del sentido común y de los sentidos dominantes, cobran relevancia el deseo, la pasión, la alegría.

Unir el deseo a la transformación social resulta esencial para animarnos a poner en juego nuestras vidas, para disponernos a batallas prolongadas que no tienen punto final, porque implican una y otra vez revolucionarnos y revolucionar el mundo en que vivimos.


Fuente: CLACSO

martes, julio 14, 2009



Los mapas del alma no tienen fronteras


"El sentido comunitario de la vida es la expresión más entrañable del sentido común"


Palabras dichas por Eduardo Galeano en Montevideo, al ser condecorado con la Orden de Mayo de la República Argentina


Permítanme agradecer esta ofrenda que estoy recibiendo, que para mí es un símbolo de la tercera orilla del río. En esa tercera orilla, nacida del encuentro de las otras dos, florecen y se multiplican, juntas, nuestras mejores energías, que nos salvan del rencor, la mezquindad, la envidia y otros venenos que abundan en el mercado.


Aquí estamos, pues, en la tercera orilla del río, argentinos y uruguayos, uruguayos y argentinos, rindiendo homenaje a nuestra vida compartida, y por lo tanto estamos celebrando el sentido comunitario de la vida, que es la expresión más entrañable del sentido común.


Al fin y al cabo, y perdón por irme tan lejos, cuando la historia todavía no se llamaba así, allá en el remoto tiempo de las cavernas, ¿cómo se las arreglaron para sobrevivir aquellos indefensos, inútiles, desamparados abuelos de la humanidad? Quizá sobrevivieron, contra toda evidencia, porque fueron capaces de compartir la comida y supieron defenderse juntos. Y pasaron los años, miles y miles de años, y a la vista está que el mundo raras veces recuerda esa lección de sentido común, la más elemental de todas y la que más falta nos hace.


Yo tuve la suerte de vivir en Buenos Aires, en los años setenta. Llegué corrido por la dictadura militar uruguaya, y me fui corrido por la dictadura militar argentina.


No me fui: me fueron. Pero en esos años comprobé, una vez más, que aquella prehistórica lección de sentido común no había sido olvidada del todo. La energía solidaria crecía y crece al vaivén de las olas que nos llevan y nos traen, argentinos que vienen y van, uruguayos que vamos y venimos. Y en el tiempo de las dictaduras, supimos compartir la comida y supimos defendernos juntos, y nadie se sentía héroe ni mártir por dar abrigo a los perseguidos que cruzaban el río, yendo para allá o desde allá viniendo. La solidaridad era, y sigue siendo, un asunto de sentido común y por lo tanto era, y sigue siendo, la cosa más natural del mundo. Quizá por eso su energía, la siempreviva, fue más viva que nunca en los años del terror, alimentada por las prohibiciones que querían matarla. Como el buen toro de lidia, la solidaridad se crece en el castigo.


Y quiero dar un testimonio personal de mi exilio en la Argentina. Quiero rendir homenaje a una aventura llamada Crisis, una revista cultural que algunos escritores y artistas fundamos con el generoso apoyo de Federico Vogelius, donde yo pude aportar algo de lo mucho que me había enseñado Carlos Quijano en mis tiempos del semanario Marcha.


La revista Crisis tenía un nombre más bien deprimente, pero era una jubilosa celebración de la cultura vivida como comunión colectiva, una fiesta del vínculo humano encarnado en la palabra compartida. Queríamos compartir la palabra, como si fuera pan.


Los sobrevivientes de aquella experiencia creadora, que murió ahogada por la dictadura militar, seguimos creyendo lo que entonces creíamos. Creíamos, creemos, que para no ser mudo hay que empezar por no ser sordo, y que el punto de partida de una cultura solidaria está en las bocas de quienes hacen cultura sin saber que la hacen, anónimos conquistadores de los soles que las noches esconden, y ellos, y ellas, son también quienes hacen historia sin saber que la hacen. Porque la cultura, cuando es verdadera, crece desde el pie, como alguna vez cantó Alfredo Zitarrosa, y desde el pie crece la historia. Lo único que se hace desde arriba son los pozos.


La dictadura militar acabó con la revista y exterminó muchas otras expresiones de fecundidad social. Los fabricantes de pozos castigaron el imperdonable pecado del vínculo, la solidaridad cometida en sus múltiples formas posibles, y la máquina del desvínculo continuó trabajando al servicio de una tradición colonial, impuesta por los imperios que nos han dividido para reinar y que nos obligan a aceptar la soledad como destino.


A primera vista, el mundo parece una multitud de soledades amuchadas, todos contra todos, sálvese quien pueda, pero el sentido común, el sentido comunitario, es un bichito duro de matar. La esperanza todavía tiene quien la espera, alentada por las voces que resuenan desde nuestro origen común y nuestros asombrosos espacios de encuentro.


Yo no conozco dicha más alta que la alegría de reconocerme en los demás. Quizás ésa es, para mí, la única inmortalidad digna de fe. Reconocerme en los demás, reconocerme en mi patria y en mi tiempo, y también reconocerme en mujeres y hombres que son compatriotas míos, nacidos en otras tierras, y reconocerme en mujeres y hombres que son contemporáneos míos, vividos en otros tiempos.


Los mapas del alma no tienen fronteras.

Fuente: Rebelion

lunes, diciembre 08, 2008



El Sentido Común


Por Jorge Majfud


Cierta vez me llamaron para dar una explicación a una falla constructiva. Un tanque de agua de cinco mil litros se había fisurado de forma irreparable. Cuando llegué manaban gruesos chorros de agua por las paredes y por el fondo del magnífico cilindro. La razón era técnicamente obvia, pero entonces me interesó el proceso. Pedí hablar con el constructor, quien resultó, como era la costumbre, un hombre pragmático, “hecho en obra”.


Siempre sentí admiración por este tipo de profesional sufrido, “sin escuela”, por otra parte indispensable en la construcción de cualquier edificio y en la construcción de la sociedad toda. Pero una cosa es reconocer un esfuerzo, un mérito, y otra engañarnos. Sin obreros no se construyen torres, pero sin teóricos tampoco.


–No me explico –me decía C., entre perplejo y herido en su orgullo–, he construido decenas de tanques más grandes que éste y jamás tuve problema alguno.


–¿Tanques más grandes que éste?


–Sí, el doble más grandes que éste y con los mismos materiales.


Nuestro amigo había construido durante años tanques con el doble de capacidad. Es decir, tanques con más de veinte mil litros. Pero, casualmente, de alturas mucho menores. Evidentemente, podría haber construido tanques diez o cien veces más grandes. El tamaño no importa a los efectos hidráulicos. Lo que importa es la altura. Un delgado tubo de dos metros de alto ejerce progresivamente sobre sus partes más bajas mucho más presión que el Océano Pacífico a un metro de profundidad. Esto, que es obvio para cualquiera que haya tomado unas pocas clases de Física, no lo era para el experimentado hombre de obra.


El razonamiento del “hombre práctico” se revelaba demasiado simple. Una relación causa-efecto. Sin embargo, la intuición, que siempre tiene muy buen tacto, suele ser ciega. La cadena causa-efecto es, antes que nada, una construcción mental, y si omitimos o confundimos las causas, los nuevos efectos pueden ser desastrosos. Bastaría con observar los resultados de los conflictos mundiales. Sobre todo cuando quienes tienen la voz de mando en el mundo tienen al mismo tiempo una visión anacrónica de la realidad, del proceso histórico y se ufanan de su ignorancia en nombre de la acción. La ventaja de la construcción es que los desastres quedan a la luz; en la política, aunque haya una diferencia de cien mil muertos, simplemente se los justifica: los errores se convierten en convicciones y los muertos en héroes, mártires o simples efectos colaterales.


Normalmente tampoco coincide la percepción intuitiva de un problema con sus razones teóricas. En la creación de nuevas teorías es fundamental la intuición, pero cuando la intuición bajo el epíteto de “sentido común” se enfrenta a una teoría confirmada, por regla pierde. El sentido común suele ser una intuición o una percepción deformada por una práctica o por viejas teorías arraigadas en la sociedad y casi siempre superadas entre los llamados “teóricos”.


En mi breve experiencia como arquitecto “demasiado joven”, debí enfrentarme siempre con el prejuicio de orgullosos hombres “hechos en la práctica” de los años acumulados. Con frecuencia observaba la repetición de errores ad infinitum, salvados de la catástrofe sólo por la escala menor de las obras y por la generosidad del despilfarro de los más pobres.


En otra obra que dirigí en Uruguay para una empresa española, estuve un par de veces al borde de la tragedia. La última vez, varios operarios se salvaron poco antes de que reventara una enorme cámara de agua. Esta vez el error provenía de los cálculos originales de los técnicos de la empresa. Después de fallar en las pruebas de resistencia y de intentar en vano reparar el problema repetidas veces usando el mismo método, decidí rediseñar parte de la estructura aplicando únicamente conceptos teóricos. Cuando a la mañana siguiente llegué a obra con los nuevos planos, el capataz (el jefe de obra) tomó dos frágiles bloques huecos que estaban indicados en el plano y, golpeando uno contra el otro, los deshizo. Con ironía, me preguntó:


–Arquitecto, ¿con esta mierda vamos a contener cincuenta mil litros de agua?


Cerré los ojos y le dije:


–Simplemente, hágalo.


Afortunadamente para mí, de esa forma se solucionó en dos días y con menos material un problema que llevaba un mes sin pasar las pruebas y las inspecciones del gobierno.


Unos años después mi padre sufrió un doble infarto y fue operado del corazón. Antes de entrar a la sala de operaciones, advirtió, con sorpresa y desconfianza, que el equipo de médicos estaba liderado por “muchachitos”. Esos muchachitos le sacaron el corazón, como en un ritual azteca, lo reconstruyeron durante horas y se lo volvieron a colocar en su lugar, devolviéndole de esa forma la vida. Mi padre, también un “hombre de práctica”, con su tendencia liberal a aceptar el valor ajeno, contó la anécdota con entusiasmo.


No hace mucho, un político norteamericano, molesto porque en las universidades se enseñaba una teoría que iba contra sus principios religiosos, propuso que sólo se enseñaran “hechos” y no teorías. Para eso se pagan los impuestos: para obtener resultados prácticos. Como todo político investido repentinamente de un poder excesivo, se mantuvo en la común superstición de que las leyes lo arreglan todo. El problema surge apenas nos preguntamos qué se entiende en historia o en física cuántica por hechos. La respuesta, sea cual sea, es, naturalmente, una teoría. O algo mucho peor: una hipótesis ligera, una opinión.


Si aceptamos que el arca de Noé es un hecho y la teoría de la evolución de Darwin es sólo una teoría, habría que decir que los hechos dependen de una fe y no de pruebas materiales, porque de la barca no quedan muchos rastros aparte de la referencia de las Sagradas Escrituras. Por otra parte, no creo que un religioso debiera molestarse porque alguien diga que para aceptar la historia de la barca de Noé es necesaria más fe que pruebas científicas. La misma fe que se necesita para afirmar que Noé puso en una barca a billones de especies animales y vegetales –incluyendo canguros, pingüinos y peces de agua dulce– sin recurrir, al menos, a la posibilidad de que haya metido sólo algunas que fueron “el origen a las especies” más diversas que surgieron después, evolución mediante. Por otra parte, lo que se puede probar no necesita de ningún acto de fe, razón por la cual no entiendo el celo y la competencia de algunos religiosos con respecto a las ciencias.


Está de más recordar que si eliminamos la enseñanza de “teorías” en las universidades deberíamos proscribir no sólo las Humanidades sino todas las ciencias, desde sus raíces. ¿O alguien piensa que el hombre ha llegado a la Luna practicando salto en alto?


Es común en la historia ver a artesanos y obreros de taller inventando objetos con admirables resultados prácticos. Sin embargo, estos “hombres de práctica” no fueron inventores gracias a su sentido común sino todo lo contrario: fueron hombres prácticos que construyeron con una imaginación teórica, superando fracasos en el esfuerzo de dar respuestas teóricas a problemas prácticos. Es decir, hombres y mujeres de teoría; problematizadores de la realidad, no simplificadores.


Recientemente un aventajado alumno de uno de mis cursos de literatura me hacía ver que en inglés common sense también se dice horse sense. Me llamó la atención el sinónimo en un pueblo que se ufana de su practicidad. En español no decimos “sentido de caballo”, para referirnos al sentido común. Al menos en el Río de la Plata “entrar como un caballo” significa actuar con ingenua imprudencia. Sin duda que un caballo tiene más sentido común que cualquiera de nosotros. De hecho, en español con frecuencia se dice que tener “sentido común” es tener “los pies en la tierra”. Como los caballos, que hasta duermen parados.


Fuente: Página/12

jueves, agosto 07, 2008



La crisis del Sentido Común

Por Juan Carlos Guerra


He hurgado en la historia de los Imperios Romano, Otomano, Persa, Japonés, en la Dinastía Ming, durante los tiempos de mando de los Habsburgo, pasando por el Tercer Reich, las dos guerras mundiales, la guerra fría; en fin, he estudiado a fondo en los últimos dos meses la historia de la humanidad, releo con lupa *"Auge y Caída de las grandes potencias" *(Paul Kennedy), * "Colapso"* (Jared Diamond), *"Historia de las Civilizaciones"* (Toynbee) y no encuentro precedentes.


Nunca antes habían coincidido en un mismo tiempo tantas crisis de manera simultánea. Las crisis financiera, alimentaria, energética y climática, atacan por distintos flancos, con la misma crudeza amenazando nuestra convivencia pacifica y la propia supervivencia de la especie.


Todas son agravadas por la más grande: la crisis del sentido común. Los líderes mundiales, desbordados por los acontecimientos, dan la espalda a la verdadera causa del problema: el colapso de un irracional modelo social y económico.


El petróleo en vías de extinción se está convirtiendo en el blanco de los especuladores financieros. Ello sumado a una alarmante demanda, cada vez más creciente, producto del desquiciado consumismo. Los zares de las finanzas mundiales, con la complicidad silenciosa de las grandes potencias, le apuestan a un barril de petróleo sobre los 200 dólares antes de finalizar el 2009.


La ausencia de sentido común se expresa en la crisis alimentaria. Especulación y falta de buen juicio han hecho de los alimentos un nicho para los gigantes financieros. El incentivo a la producción de agrocombustibles, ligado a la previsible escasez petrolera, convierte maíz, soya y trigo en fuentes de riqueza fácil para los llamados comodities.


En cerca de cuarenta países ha habido estallidos sociales a causa de la carestía de los alimentos. Según datos de la FAO se espera que el número de afectados por hambre y desnutrición se duplique durante los próximos doce meses, de seguir la escalada alcista de los precios de la comida. Agravado esto por la imposibilidad del liderazgo mundial en ponerse de acuerdo para relanzar la producción agrícola global durante la recién pasada Cumbre Alimentaria.


La crisis financiera desencadenada por la explosión de la burbuja inmobiliaria durante el pasado 2007, agrega otro elemento que oscurece el futuro de la humanidad. La caída de entidades financieras como Fannie Mae, Freddie Mac, Lehman Brothers y Bear Stearns han hecho sumamente frágil el sistema financiero global, creando desconfianza entre el empresariado y falta de liquidez en la economía provocando a una contracción económica.

La perdida de unos 400 mil millones de dólares, y su capacidad para extenderse hacen que no sea descabellado hablar de un colapso del sistema económico mundial. Según estudios del Fondo Monetario Internacional, la salida de la crisis costaría 915 mil millones de dólares. Una cifra que equivale a cinco veces el PBI de Centroamérica y El Caribe.

El costo social de esta crisis empieza a evidenciarse. La cifra de despidos entre las distintas instituciones financieras afectadas por la tormenta asciende a los 20,000 en todo el mundo.


La crisis climática constituye la más amenazante de todas. Subida del nivel del mar, deshielo de los polos, alarmantes niveles de la temperatura, fenómenos naturales fuera de temporada, cambios bruscos de los movimientos meteorológicos, hacen temer que, en un abrir y cerrar de ojos, la humanidad pueda ser barrida por una naturaleza herida por la mano del hombre.


Ni siquiera la posibilidad de una catástrofe fatal y definitiva para la especie humana, concientiza a los lideres de las grandes potencias, responsables del calentamiento global, de la necesidad de tomar medidas que detengan el deterioro del clima y contribuyan a desmontar los modos de consumo irracional aprendidos del denominado *"american way of life"*.


En la pasada Cumbre del G-8, celebrada en un alejado pueblito japonés, los países industrializados se comprometieron a disminuir sus emisiones de CO2 para 2050. ¡Vaya cinismo! Probablemente para esa época sea demasiado tarde. Tal vez no quede especie humana que pueda ver semejante desprendimiento.


La Unión Europea también ha dado muestras de la falta de sentido común entre sus lideres al aprobar las irracionales "directivas de retorno", que condenan a la pobreza a cientos de millones de seres humanos cuyo único delito es buscar una vida digna de manera decente. Los europeos están contribuyendo a la multiplicación de conflictos sociales en los países más pobres del planeta, en vez de colaborar, tal como lo hicieron con ellos a través del Plan Marshall, a que puedan salir del oscuro hueco de la miseria.

El saliente presidente estadounidense, el emperador de la falta de sentido común, George W. Bush, hace galas de su falta de talento y su inescrupulosidad al seguir atizando el fuego del conflicto termonuclear con Irán, sin importarle que pudiera costar la vida a media humanidad. Su acoso disimulado a Rusia, con el mentado escudo anti misiles también atenta con la paz de una humanidad atribulada por la más grande crisis que se haya visto jamás en nuestra historia: la crisis del sentido común.

El modelo neoliberal, surgido a partir del llamado Consenso de Washington, consistente en la reducción de las funciones sociales del Estado, la desregulación total del mercado, libertad de transito para capitales y mercancías, pero no para las personas y la sacralización de la especulación financiera, nos esta llevando a la ruina, junto a el.

La teoría de que el crecimiento en si mismo seria capaz de crear desarrollo se ha caído junto con el colapsado neoliberalismo. Los pocos países que han logrado crecer con el injusto modelo, han ensanchado la brecha entre ricos y pobres, dejando ese crecimiento en muy pocas manos.


De esta crisis solo se sale agarrando el toro por los cuernos. Revitalizando la función social del Estado, regulando el sector financiero, estableciendo muros de contención al mercado, poniendo a la economía al servicio de los ciudadanos y, sobretodo, llevando un modo de vida con un consumo racional, en el que cada ser humano se sienta satisfecho con lo mínimo para vivir dignamente. Esto sólo puede lograrse con un liderazgo imbuido de sentido común, el gran ausente en estos días.

Fuente: Rebelion

jueves, junio 12, 2008



ELOGIO DEL SENTIDO COMÚN

Por Eduardo Galeano

Nos reúne, en la mañana de hoy, la búsqueda de áreas de cooperación y de encuentro en este mundo enfermo de desvínculos.


¿Dónde podremos encontrar un gran espacio todavía abierto al diálogo y al trabajo compartido? ¿No podríamos empezar por buscarlo en el sentido común? ¿El cada vez más raro sentido común?



Los gastos militares, pongamos por caso. El mundo está destinando 2.200 millones de dólares por día a la producción de muerte. O sea: el mundo consagra esa astronómica fortuna a promover cacerías donde el cazador y la presa son de la misma especie, y donde más éxito tiene quien más prójimos mata. Nueve días de gastos militares alcanzarían para dar comida, escuela y remedios a todos los niños que no tienen. A primera vista, esto traiciona el sentido común. ¿Y a segunda vista? La versión oficial justifica este derroche por la guerra contra el terrorismo. Pero el sentido común nos dice que el terrorismo está de lo más agradecido. Y a la vista está que las guerras en Afganistán y en Irak le han regalado sus más poderosas vitaminas. Las guerras son actos de terrorismo de Estado, y el terrorismo de Estado y el terrorismo privado se alimentan mutuamente.
***

En estos días se han difundido las cifras: la economía de Estados Unidos está repuntando y ha vuelto a crecer a buen ritmo. Sin los gastos de guerra, según los expertos, crecería mucho menos. O sea: la guerra de Irak sigue siendo una buena noticia para la economía. ¿Y para los muertos? ¿Habla el sentido común por boca de las estadísticas económicas? ¿O habla por la boca de ese padre dolido, Julio Anguita, cuando dice: "Maldita sea esta guerra y todas las guerras"?


***

Los cinco países que más armas fabrican y venden son los que gozan del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. ¿No contradice el sentido común que los custodios de la paz mundial sean los que hacen el negocio de la guerra?

A la hora de la verdad, esos cinco países mandan. También son cinco los países que mandan en el Fondo Monetario Internacional. Ocho toman las decisiones en el Banco Mundial. En la Organización Mundial del Comercio está previsto el derecho de voto, pero jamás se usa.



La lucha por la democracia en el mundo, ¿no tendría que empezar por la democratización de los organismos que se llaman internacionales? ¿Qué opina el sentido común? No está previsto que opine. El sentido común no tiene voto, y tampoco tiene voz.


***

Muchas de las más feroces extorsiones y de los más atroces crímenes que el mundo padece se llevan a la práctica a través de esos organismos que dicen ser internacionales. Sus víctimas son los otros desaparecidos: no los que se perdieron en la niebla de horror de las dictaduras militares, sino los desaparecidos de la democracia. En estos años recientes, en Uruguay, mi país, y en América Latina y otras regiones del mundo han desaparecido los empleos, los salarios, las jubilaciones, las fábricas, las tierras, los ríos, y hasta han desaparecido nuestros hijos, que desandan el camino de sus abuelos, obligados a emigrar en busca de lo que desapareció.



¿Obliga el sentido común a aceptar estos dolores evitables? ¿Aceptarlos, cruzados de brazos, como si fueran la inevitable obra del tiempo o de la muerte?


***

¿Aceptación, resignación? Reconozcamos que poquito a poco, el mundo va siendo menos injusto. Por poner un ejemplo, ya no es tan abismal la diferencia entre el salario femenino y el salario masculino. Poquito a poco, digo: al ritmo actual, habrá igualdad de salarios entre los hombres y las mujeres dentro de 475 años. ¿Qué aconseja el sentido común? ¿Esperar? No conozco a ninguna mujer que viva tanto.


***

La verdadera educación, la que proviene del sentido común y al sentido común conduce, nos enseña a luchar por la recuperación de todo lo que nos ha sido usurpado. El obispo catalán Pedro Casaldáliga(1) lleva largos años de experiencia en la selva brasileña. Y él dice que es verdad que más vale enseñar a pescar que regalar pescado, pero advierte que de nada sirve enseñar a pescar si los ríos han sido envenenados o vendidos.
***

Para que los osos bailen en los circos, el domador los amaestra: al ritmo de la música, les golpea las ancas con un palo erizado de púas. Si bailan como deben, el domador deja de golpearlos y les da comida. Si no, continúa el tormento, y en las noches los devuelve a las jaulas sin nada que comer. Por miedo, miedo al castigo, miedo al hambre, los osos bailan. Desde el punto de vista del domador, esto es puro sentido común. Pero, ¿y desde el punto de vista del domado?


***

Setiembre de 2001, Nueva York. Cuando el avión embistió la segunda torre, y la torre crujió, la gente huyó volando escaleras abajo. Entonces los altavoces mandaron que los empleados volvieran a sus puestos de trabajo. ¿Quiénes actuaron con sentido común? Se salvaron los que no obedecieron.


***

Para salvarnos, juntarnos. Como los dedos en la mano. Como los patos en el vuelo.

Tecnología del vuelo compartido: el primer pato que se alza abre paso al segundo, que despeja el camino al tercero, y la energía del tercero levanta vuelo al cuarto, que ayuda al quinto, y el impulso del quinto empuja al sexto, que presta fuerza al séptimo

Cuando se cansa el pato que hace punta, baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro, que sube al vértice de esa uve invertida que los patos dibujan en el aire. Todos se van turnando, atrás y adelante. Según mi amigo Juan Díaz Bordenave(2), que no es patólogo pero sabe de patos, ningún pato se cree superpato por volar adelante, ni subpato por marchar atrás. Los patos no han perdido el sentido común.

NOTAS:

1. Monseñor Pedro Casaldáliga, nacido en 1928, religioso claretiano, teólogo de la liberación, obispo titular desde hace 35 años de la prelatura de Sao Felix de Araguaia, una de las más pobres de Brasil, perdida en el Estado de Mato Grosso. En 1992 fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz.
2. Juan Enrique Díaz Bordenave, ensayista paraguayo especialista en comunicación, autor entre otros de Comunicación y Sociedad, Búsqueda, Buenos Aires, 1985.

Eduardo Galeano, Diálogos del Fórum de Barcelona, 2004

viernes, abril 18, 2008



INSIGHT. Estudio de la comprensión humana


…one meets intelligence in every walk of life. There are intelligence farmers and craftsmen...intelligene doctors and lawyers...There is intelligence in industry and commerce...There is intelligence in the home and in friendship...in the arts and in enterteiment... (Uno encuentra inteligencia en cualquier camino de la vida. Hay granjeros y artesanos inteligentes…doctores y abogados inteligentes…hay inteligencia en la industria y el comercio…hay inteligencia en el hogar y en la amistad…en las artes y en el entretenimiento. (Insight, 196)Lonergan, Bernard. Insight. A study of human understanding, 1992.


El Sentido Común y el Mercadeo


Por Fernando E. Martínez Díaz


Las fuentes del sentido común

Lonergan afirma que existen dos fuentes del sentido común: el instinto científico y el acervo de conocimientos que socialmente se heredan.

El instinto científico como fuente del sentido común se manifiesta desde la infancia por los inagotables ¿qué? Y ¿por qué? De los niños y son los indicadores de un proceso de indagación espontánea que va generando actos de intelección también de carácter espontáneo, que poco a poco se van acumulando como respuestas que resultan incompletas y/o complementarias, en un proceso continuo y constructivo de aprendizajes que, así como genera nuevas preguntas en un cadena sin fin, genera también multitud de nuevas respuestas, relaciones y aprendizajes.

Esta característica dinámica de la inteligencia del ser humano en su proceso de aprendizaje no es ajena a la enseñanza ni a los procesos de la comunicación humana y con frecuencia es aprovechada por lo buenos maestros quienes, basados en el sentido común, inician con lo más sencillo, creando la confianza y las bases que van a permitir avanzar hacia lo más complejo. Lo mismo hacen los buenos padres cuando pretenden enseñarle a caminar a sus hijos, utilizando lugares seguros y muy apropiados y observan cómo, en poco tiempo, el niño camina sin mayores riesgos, en lugares difíciles y peligrosos.

La segunda fuente del sentido común es concomitante con el carácter social del ser humano; como seres sociales, somos herederos de un acervo común de respuestas probadas que cada quien puede asimilar y enriquecer en la medida de sus capacidades, experiencias, intereses y esfuerzo, desplegando actividades de imitación, identificación e invención, procurando que el logro de cada generación sea el punto de partida de la siguiente.

Carácter práctico del sentido común

La practicidad del sentido común se ve reflejada y desarrollada en la sociedad humana mediante tres elementos ya mencionados, que nos diferencian sustancialmente de las especies animales: la imitación, la identificación y la invención. Por la imitación, ante los problemas, buscamos a alguien a quien imitar en la solución que dio a los mismos. Por la identificación, nos apropiamos de los valores de nuestros modelos, provocando procesos de socialización heterogéneos y pluralistas a través de los cuales generamos nuestras propias ideas y comportamientos. Y por la invención manifestamos nuestra creatividad, encontrando soluciones nuevas a los problemas que se nos plantean, superando los procesos de imitación e identificación. Ni las lanzas para cazar ni las redes para pescar, inicialmente fueron de por sí objetos del deseo, pero representaron el ingenio y el esfuerzo notable e inteligente, que en el contexto del carácter práctico del sentido común están ampliamente compensados por la mayor facilidad para cazar y pescar que generaron.

FUENTE: El sentido común y el mercadeo

miércoles, abril 16, 2008




Del sentido común, la ideología y los mitos…

Por Luis d’Aubeterre




Contrariamente a la acepción peyorativa oficial que presenta al sentido común como la confluencia de supersticiones y prejuicios carentes de valor, lo hemos conceptualizado como un proceso-producto dialógico de hermenéutica social (Gadamer, 1979), característico de la función psicosocial de las prácticas discursivas, a saber: producir, generar, inventar significados y representaciones actuales que permitan hacer congruentes, asimilables, familiares y manejables los eventos que acaecen en los espacios (privados y públicos), de la vida social. Consecuentemente, el sentido común es una modalidad social de producción de conocimientos, vale decir, de instrumentos teórico-prácticos gracias a los cuales se elaboran respuestas más o menos eficaces para resolver múltiples problemas cotidianos (familiares, económicos, morales, de salud, mágico-religiosos, existenciales, etc.), que posibilitan: a) tanto una adecuada interacción de las personas con los demás a través de sus prácticas sociales (reales, simbólicas e imaginarias), como también b) la reproducción histórica de los modos de relación social que propician la continuidad del poder y el dominio que ejercen grupos minoritarios sobre la mayoría de las personas.

Desde esta perspectiva psicosocial discursiva, proponemos definir el sentido común como una dimensión transdiscursiva cargada de toda la sedimentación de sentidos que las palabras y las expresiones populares han ido y continúan atesorando, adecuando y transformando a lo largo de la historia de la lengua y hablas de cada sociedad, asimilando y adaptando materiales tan diversos como pueden serlo: las afirmaciones oficiales, los juicios y dogmas religiosos, los saberes (instituidos o difusos, legales o proscritos), la historia (oral y oficial), los chistes, juegos, chanzas y chismes, las informaciones de los noticieros, las letras de las canciones de moda, la propaganda política, los mensajes publicitarios, etc. Toda esta carga particularmente heteróclita y contradictoria de contenidos semánticos ligados: tanto a las palabras y sus significados movilizados por la lengua que hablan las personas, cuanto al discurso oficial de las instituciones y al discurso público que generan los medios de comunicación social, permite suponer que el sentido común sea un terreno especialmente fértil para la ideología. En este sentido, coincidimos con Billig (1988,1991) al afirmar que los recursos teóricos de que dispone el sentido común son productos de la ideología, aclarando que la ideología no es reproducida por las personas como un sistema cerrado y unívoco que permite hablar (hacia “afuera” y hacia “adentro”), sobre el mundo; sino, más bien como un sistema incompleto de “paquetes” de temas contradictorios que permiten continuamente la discusión, la argumentación y la solución temporal de las contradicciones (“dilemas”) de la vida cotidiana.

Si como afirmamos, el discurso de la ciudad es el del sentido común, tenemos entonces que, para entender la dinámica propia de este discurso, resultaría indispensable analizar el papel que juega la ideología en la construcción del conocimiento social compartido como verdad obvia y natural, sobre-entendida por “todos” como un transitado lugar común.




El uso del concepto de ideología(1) por los psicólogos sociales ha sido, como indica Montero (1991, 1994), muy escaso “marginal y ambiguo” y ha privilegiado (sobre todo en la literatura anglosajona, vgr.: Brown, 1973; Eysenck y Wilson, 1978; Shils, 1986), una acepción “neutra” del término. Montero (1994: 129-130), establece siete líneas definitorias del concepto ideología dentro de la psicología social contemporánea: a) “conjunto de ideas”; b) “tendencia evaluativo que orienta la conducta política”; c) “concepto integrador de carácter cognoscitivo”; d) “falsa consciencia”; e) “forma de perturbación de la comunicación”; f) “mecanismo de defensa social (…) forma de racionalización colectiva”; y g) “producto de procesos cognoscitivo que naturalizan, familiarizan lo que es ajeno y extraño al individuo y a sus intereses”.

Por nuestra parte, proponemos definir la ideología como un sistema discursivo prescriptito sesgado, que impone como condición retórica, un bloqueo a la discrepancia argumentativa por la vía de la distorsión interesada de lo que dice, en función de preservar intereses y poder de grupos socialmente dominantes. Así pues, al enunciar fragmentariamente el discurso de la ideología, el individuo la asume de manera más o menos inconsciente, como cosa propia y, dialógicamente, se convierte en sujeto y agente activo del discurso ideológico que construye un relato intencionalmente falsificador de la realidad, posicionándolo en una red de relaciones y de sentidos que prescriben, delimitan y naturalizan roles, atributos, privilegios, expectativas, etc., ligadas al ejercicio del poder.

En este sentido, asumimos el supuesto teórico según el cual todas las formas de cognición social (creencias, valores, representaciones sociales, opiniones, prejuicios, mitos, etc.), están vinculadas de múltiples formas con la ideología y el sentido común. Esto implica que, según una curiosa dialógica, somos y no somos dueños de nuestras palabras y pensamientos. En parte a ello se refiere también la noción de transdiscursividad; entendiendo que todas las producciones discursivas de la gente cuando habla, conversa, escribe, piensa, compone poemas, delira, insulta o chismea, se constituyen a partir de los cruces de grandes matrices discursivas de diverso género (moral, educativo, médico, religioso, económico…), las cuales no son autónomas o aisladas en sí mismas, sino que a su vez requieren/contienen/ apelan a otros discursos para componer las cadenas de significantes actuales que cada quien emite según sus necesidades argumentativas. En síntesis, a pesar de que cada acto de discurso es nuevo, cuando hablamos no creamos nuestra propias palabras, sino que estamos repitiendo una gran cantidad de signos verbales, significados, metáforas, etc., que a su vez configuran las verdades obvias del sentido común y de la ideología.(2)

Ahora bien, lo que encontramos en el análisis de las producciones discursivas de la gente, de las instituciones y de los medios, no es un corpus ideológico coherentemente estructurado, más bien, son retazos hilvanados de afirmaciones que llegan a tomar la forma, sea de una configuración ideológica, sea de una configuración mitológica. Definimos las configuraciones discursivas (d’ Aubeterre, 2001: 129-131), como una construcción semántica implícita a las creencias que son emitidas; ellas emergen del análisis del discurso, una vez que se identifican las estrategias retóricas, la intencionalidad y las agencias que imprimen sentido a las afirmaciones de la gente, para tratar de convencer a los demás. Generalmente, las configuraciones discursivas no tienen un aspecto formal imperativo, antes por el contrario, son sugeridas de forma más o menos sutil, como una suerte de relato o narrativa posible, latente. Su función en el discurso es la de insinuar una cierta idea o representación respecto a la realidad de la cual se habla.

Las configuraciones ideológicas, sin llegar a constituir una ideología (en tanto sistema discursivo prescriptito y sesgado), se nutren de discursos que sí lo son. Ellas son argumentaciones sobre-entendidas que operan perneando la materialidad de los hechos, eventos, cosas, personas y objetos, haciéndolos parecer como cosas homogéneas, sin irregularidades ni brillo propio, abstraídas de las contingencias históricas que imponen el tiempo y el lugar que ocupan/ocuparon. Las configuraciones ideológicas resemantizan la realidad discursiva, transmutando los hechos de vida socio-política en objetos aislados, vaciados de su situación histórica original, que adoptan la forma de creencias sobre la realidad, cuya función es preservar los intereses particulares de grupos que ostentan posiciones de poder en una sociedad, tiempo y lugar determinados. Las configuraciones mitológicas, son narrativas implícitas a las creencias que se expresan y que adquieren bien sea la forma de un relato de orígenes (Eliade, 1978), o bien la de un “discurso truqueado”(3)(Barthes, 1970). Sin llegar a ser un mito, estas configuraciones sugieren una pretensión de verdad natural respecto a un “objeto” que se afirma creer verdadero o real (independientemente de que lo sea o no), sobre el cual se confecciona intencionalmente (aunque no siempre de manera consciente para quien la emite), una historia imaginaria que se nutre de hechos, personajes, situaciones, etc., pero vaciándolos de sus significaciones socio-políticas, económicas e históricas. En lugar de ello, el “objeto” de las configuraciones mitológicas se reinventa como algo ahistórico, inocente y natural.

NOTAS:

(1) Los desarrollos clásicos de Marx y Engels (1841, reedic. 1966), partían de un principio simple: puesto que la clase dominante en una sociedad determinada, posee los medios de producción material, igualmente ella dispone de los medios de producción espiritual. De esta manera, las ideas, pensamientos y representaciones dominantes no serían más que la expresión ideológica de las relaciones materiales dominantes concebidos bajo la forma de pensamientos. Posteriormente, Marx y Engels maduran y amplían este concepto de ideología concebido como “un proceso que el pensador desarrolla conscientemente pero con una falsa consciencia. Las fuerzas motrices que lo ponen en movimiento le son desconocidas; de otra forma ello no sería un proceso ideológico”…
(2) Al respecto son muy ilustrativos los resultados obtenidos en un estudio en curso sobre la construcción discursiva de las identidades grupales de los jóvenes de ambos sectores de Ciudad Guayana (San Félix y Pto. Ordaz). Observamos que uno de los nucleadores semánticos discernible entre las creencias negativas de los participantes de San Félix es el futuro “comprometido” de Guayana, en función de 2los jóvenes ociosos”, “sin poder trabajar y estudiar”; lo cual sugiere una creencia implícita: “los jóvenes de San Félix no tenemos futuro.. En contraste, las creencia emitidas por los jóvenes de Pto. Ordaz fueron enfáticas y muy radicales respecto a lo que les diferencia del Otro: “nosotros somos superiores a ellos en todo: en lo económico, en lo intelectual y en lo cultural…, lo cual resultó coherente con las creencias racistas que fueron emitidas al construir su otredad referencial: “la gente de San Félix”, “los sanfelucos…; la gente de San Félix es como los negros: una raza inferior a la blanca”…
(3) Debido a su complementariedad, decidimos adoptar ambas definiciones de mito: para Eliade (1978), “el mito siempre dice cómo algo ha nacido” en un tiempo primigenio, ahistórico; mientras que Barthes (1970: 220-243), define el mito contemporáneo como “un sistema ideográfico” que se percibe como una “palabra inocente”, no porque sus intenciones sean ocultas, sino porque ellas son deformadas y naturalizadas.

Fuente: Luis d’Aubeterre, Ciudad, Discursividad, Sentido Común e Ideología: un enfoque psicosocial de la cotidianidad urbana. Espacio Abierto, abril-junio, año/vol.12, número 002. Asociación Venezolana de Sociología. Maracaibo, Venezuela, pp. 169-182

martes, febrero 26, 2008


EDUCACIÓN Y CIUDADANÍA

La búsqueda del buen sentido en el sentido común

Miguel A. Etchegoyen


Características del sentido común

El sentido común aparece siempre como una construcción conceptual del observador. ¿Cuáles son los rasgos más importantes? La incoherencia es uno de estos rasgos atribuidos por Gramsci al sentido común. Aquí es preciso distinguir si esta incoherencia es una nota sociológica o gnoseológica.

Sociológicamente, debemos distinguir entre caudal de conocimientos disponible y prácticas de razonamiento de sentido común (Schutz, citado por Nun). El caudal es incoherente: es un cúmulo inconsistente de reglas, recetas, tipificaciones, etcétera. Las prácticas, en cambio, sólo movilizan –cada vez-parte de ese caudal, según el problema que se busca resolver en una situación determinada. Las prácticas se manejan con criterios de relevancia que no pueden tener una incoherencia profunda, pues ello iría contra la estabilidad de las interacciones sociales.

Los criterios de relevancia serían los ordenadores y tendrían una impronta ideológica (desde la hegemonía o desde el núcleo de buen sentido). Y si bien por definición el caudal es incoherente, la práctica guarda ambigüedades dependiendo del origen del ordenador de una secuencia de respuestas. Hay una mínima estabilidad respecto de cuáles son los ordenadores activados; pero dado que existe al menos un par (uno influido por la hegemonía y otro, por el núcleo de buen sentido) que guía las prácticas políticas relevantes –también pueden tenerlo las otras, pues en algún momento pudieron tener una relación política activa, ya hoy olvidada pero presente como sedimento-, cuál de los ordenadores del par guiará la selección de respuestas y significados no es fijo y determinado, sino que es histórico. Y si bien, como dije, tiene cierta estabilidad su activación, pueden desplazarse. Es más, a ese desplazamiento creo que apunta la búsqueda de la construcción de una contrahegemonía o la recuperación de una hegemonía en peligro.

La filosofía de la praxis, desde un plano gnoseológico, buscaría disminuir la incoherencia del caudal efectuando la crítica histórica, sociológica, etcétera, de sus contenidos; y de ese modo pretendería fortalecer la priorización del uso de los ordenadores (“criterios de relevancia”) provenientes del núcleo de buen sentido.

Gnoseológicamente, la incoherencia del sentido común remite al contraste entre pensamiento racional y pensamiento vulgar. Aquí el sentido común aparecería como momento negativo, del cual parte la crítica para lograr su superación. Si lo vemos como opuesto formal de la “filosofía superior”, siempre será incoherente y a-sistemático.

Con respecto al problema de cómo está conformado el sentido común de los sectores populares en un momento determinado, es realmente difícil llegar a constatarlo. Gramsci plantea que hay diferencias incluso a nivel personal en los modos de pensar y opiniones individuales singulares. Propone como metodología una revisión sistemática de la literatura más difundida y aceptada por el pueblo –hoy incluiríamos necesariamente la televisión-, combinada con el estudio y la crítica de las corrientes ideológicas del pasado, cada una de las cuales puede haber dejado un sedimento.

Pero: ¿cómo saber de qué modo es decodificado un mensaje? Conocer el texto o sus formas de producción y circulación no es suficiente para saber cómo es recibido. Sería importante poder desarrollar la construcción de aparatos metodológicos e instrumentos cualitativos de medición, que al menos aproximen algunas ideas.

martes, febrero 12, 2008



LENGUAJE Y SENTIDO COMÚN
Las bases para la formación del discurso dominante



Alejandro Raiter


Los seres humanos no sólo nos construimos una representación mental de lo que vemos, oímos, tocamos, sino que lo ordenamos de determinada manera, y lo completamos de modo que contemple un sistema cohesivo; el ser humano como especie no se maneja “instintivamente” reiterando rutinas y condicionando su accionar de acuerdo con el éxito o el fracaso de sus intentos, sino conformando un sistema que refiere qué o qué cosas puede y/o debe hacer. Este sistema se completa socialmente ya que no es necesaria la comprobación referencial, empírica, para que las imágenes construidas pasen a formar parte del sistema; de este modo, al compartir socialmente las imágenes construidas en los sistemas de creencias individuales, se forma el “sistema de creencias social”, que llamamos sentido común y que otros autores han llamado imagen del mundo de la vida.

El sistema de creencias es individual, es un mecanismo psicológico presente en todos y cada uno de los individuos desde su nacimiento, pues está genéticamente determinado; forma parte de la dotación genética de la especie. Si aceptamos la tesis de la modularidad de la mente, deberemos aceptar que el sistema de creencias, como tal, es un fuerte candidato a ser un módulo con funcionamiento relativamente autónomo de los otros módulos y del procesador central, o una inteligencia con funcionamiento relativamente autónomo. En efecto, independientemente de la experiencia individual, de la cantidad de acontecimientos vividos o conocidos, todos los seres humanos tenemos un sistema de creencias que funcionan de manera permanente.

Otro rasgo genético de la especie es su carácter gregario, la vida en comunidad, que ha desembocado en lo que hoy llamamos “sociedad”; el ser humano es un ser social. Está bastante claro a esta altura del desarrollo de la antropología que, a diferencia de otros mamíferos, el carácter gregario no está limitado a la búsqueda o recolección de alimento o cuidado de las crías, sino que va mucho más allá, lo que ha permitido –junto con la inteligencia, el perfeccionamiento de la comunicación, etc.- que la manada primitiva evolucionara hacia lo que conocemos como sociedad, pasando por la tribu. Entre las múltiples cosas que comparten los seres humanos en la manada-sociedad están los sistemas de creencias individuales, que a través del intercambio lingüístico como privilegiado medio de comunicación permite no sólo intercambiar experiencias sino traspasarlas de generación en generación en un proceso de enseñanza-aprendizaje, formal o informal. Este compartir representaciones forma la imagen del mundo de la vida, que es social por excelencia, aunque consecuencia de las aptitudes psicológicas de construcción del sistema de creencias y de la vida en comunidad.


Alejandro Raiter es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires. Tiene a su cargo las Cátedras de Sociolingüística y Psicolingüística en la misma Universidad.

Dentro de Análisis del Discurso cada vez más sus investigaciones se centran en la relación entre Lenguaje e Ideología como posibilidad de producción, circulación y consumo de textos. Sobre estos temas dirige proyectos de investigación.

Entre sus trabajos podemos nombrar: Información Psicolingüística para el docente. Plus Ultra. Buenos Aires (1998); Discurso y política. Ediciones Biblos. Buenos Aires. (1999); Lenguaje y Sentido Común. Ediciones Biblos. Buenos Aires (2003); Sujetos de la lengua. Introducción a la lingüística del uso. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires y Editorial Gedisa, Barcelona (en colaboración con Julia Zullo) (2004); Psicolingüística. Elementos de comprensión, producción y patologías del lenguaje. Editorial Docencia. Buenos Aires (en colaboración con Virginia Jaichenco) (2002); y los volúmenes colectivos con el equipo de investigación Discurso y Ciencia Social. EUDEBA, Buenos Aires (1999) y Representaciones Sociales. EUDEBA, Buenos Aires (2001)

jueves, enero 10, 2008


Sentido Común en el mejor de los mundos posibles
Conversaciones con don Sergio Vuskovic Rojo, político, académico y escritor chileno.


nel senso comune si può trovare tutto” (Gramsci)


Gramsci señala que el sentido común tiene características históricas, ideológicas y políticas.


1. ¿Cuál es la historia del concepto Sentido Común?


SV: Yo creo que, en el occidente, por lo menos empieza con el “Cándido” de Voltaire. Él decía que este mundo es el mejor de los mundos posibles. Y que el sentido común era la cosa mejor repartida del mundo. Poco tiempo después, en Hegel, empieza una crítica al sentido común. Entonces, Hegel comienza criticando el sentido común porque éste se basa en la apariencia y no en la esencia. En aquello que aparece y se da por conocido. Como la exposición del saber aparente que es el objetivo de la Fenomenología del Espíritu, quiere ir más allá de éste, hacia la esencia, el objeto o finalidad de la fenomenología, es llevar la conciencia a la ciencia. Entonces, Hegel opone el sentido común a la ciencia.


Ahora, desarrollando esta idea, o sea, llevar la conciencia a la ciencia, Marx afirmará que “si la esencia de las cosas y su apariencia coincidiesen, la ciencia no sería necesaria”. Pero como no coinciden, la esencia y la apariencia de las cosas, y eso hay que entenderlo en los procesos de los seres, porque la esencia siempre es interna; y la apariencia, siempre es externa. Por eso es que no coinciden. Pero, y esa es la dificultad, están relacionadas. Porque, sea desde el punto de vista de Hegel o de Marx, la esencia no puede existir sin la apariencia y al revés, porque la apariencia es la manifestación exterior de la esencia. Pero, por el solo hecho de ser manifestación exterior, no es lo mismo. Y ¿qué es la esencia? La esencia es el interior de la apariencia. Es lo que tenemos dentro de nosotros: nuestro pensamiento, la mente, los sentimientos, etc. Esta crítica la desarrolla Marx cuando establece una especie de explicación de los fenómenos sociales, cuando habla de basis, que se ha traducido en español por base o estructura e überbasis, superestructura. Entonces, la base es fundamentalmente económica; y la superestructura es fundamentalmente ideológica. Esa división en Marx no es absoluta. Es una mala comprensión de lo que dijo Marx.


2. ¿Marx se refiere en algún momento al sentido común?


SV: Sí, en El Capital. Cuando dice que la gente, en general, toma los procesos sociales como cosas concretas, materiales, cuando son procesos sociales. Así, por ejemplo, el dinero. Para la gente común y corriente el dinero tiene esa misteriosa facultad que con él se puede comprar lo que uno quiera. Que es una cosa. Tan cosa es que uno lo lleva en la billetera, para que no lo vayan a robar o perder. Pero Marx se pregunta ¿qué es el dinero? Es una mercadería con la cual se puede comprar cosas. Y ¿qué mercadería? La fuerza de trabajo. Y ¿qué característica tiene esta mercadería? La única característica es que produce más de lo que cuesta. Y esa es la base del éxito del capitalismo. Se ve el dinero, los billetes, las monedas, como una cosa. No, es una relación social. Entonces Marx dice que es propia de la economía capitalista, aunque sabemos que en la época de esclavitud ya había algunas monedas. Pero, en esa época no tenían ese fin. Recordemos que en el intercambio social, las monedas servían para comprar, fundamentalmente, objetos de uso común y corriente, no para comprar fuerza de trabajo. Esto es único de la sociedad moderna.


Hegel: “Povertá del senso comune


3. ¿Por qué Hegel se refiere a la pobreza del sentido común?


SV: Hegel dice en la Fenomenología del Espíritu: el sentido perceptivo que comúnmente se llama sentido común o buen sentido, este sentido común que se da por una conciencia sórdida y real, no es otra cosa, perceptivamente, que el juego de las abstracciones. En un cierto sentido, el sentido común es siempre el más pobre donde cree ser el más rico, en el sentido de tener determinación, de ir al fondo del problema. El intelecto perceptivo, agrega Hegel, al sentido común lo considera verdad, y de ahí es impulsado a cometer un error después de otro. El buen sentido es presa de las abstracciones.


4. ¿Cómo se relaciona el sentido común con la ideología?


SV: Hay dos conceptos fundamentales respecto a la ideología. El que popularizó Engels cuando habló de lucha ideológica, y que lo tomó de Napoleón. El primero que utilizó la palabra ideología fue el francés Destutt de Tracy, Traité de l’ideologie (1801). Napoleón lo conoció y él habló también de la ideología. Entonces tiene dos connotaciones: una, y en ese sentido la utilizó Engels, como el mundo de las ideas. Ahora, fuera de ser el mundo de las ideas, también se considera a las instituciones. En ese sentido Engels hablaba de lucha ideológica: de unas ideas que pelean con otras, de instituciones que pelean con otras. Esa es la concepción de Engels. Y después viene la de Marx que también toma la concepción napoleónica. En Marx, especialmente en su obra La Ideología Alemana, en conjunto con Engels, pero cuyo redactor principal fue Marx, aparece el concepto marxiano, y quiere decir falsa conciencia. Por ejemplo, un católico que tiene una fábrica, va los domingos a misa y ahí deja diez mil pesos; se arrepiente, puede que hasta llore los domingos, pero, los otros días, explota a sus obreros. Esa es la falsa conciencia, porque él queda satisfecho al entregar todos los domingos diez mil pesos a la iglesia. Entonces, La Ideología Alemana no trata de la lucha ideológica en Alemania, en esa época. No, es la crítica a los filósofos alemanes de su época que eran los jóvenes hegelianos de izquierda.


Ahora, respecto al sentido común, la preocupación que hay que tener es que, socialmente el sentido común funciona. Marx lo dice: los hombres en la vida social se ponen en contacto entre ellos, no a través de relaciones científicas sino que a través de relaciones ideológicas, o sea, de falsa conciencia. Por ejemplo, Stalin se veía como el padre de los pueblos, sin embargo, mandaba a matar a medio mundo. Otro ejemplo fue Churchill, gran defensor de la democracia, sin embargo, en los tiempos del imperio británico, a los pobres hindúes, y a todas las colonias los explotaban de manera inhumana. Eso es lo que quiere decir falsa conciencia.


5. ¿Qué diferencia existe entre el concepto gramsciano y marxiano de la sociedad civil y política?


SV: Para Gramsci la sociedad civil es "el conjunto de los organismos denominados privados que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad". La contrapone a la sociedad política que corresponde al Estado del cual ella es su base y contenido ético. El concepto de Marx es el mundo de la economía que trata de estar fuera del control de la sociedad política que es el Estado. La sociedad civil en Gramsci, no es lo social, sino como una parte del Estado. Otro aparato estatal: el aparato de hegemonía. Aparentemente privado, “no político”, porque político es también. Pero, en realidad, es tan político como el gobierno y el ejército. El gobierno y el ejército, y el sistema parlamentario o la democracia política, es lo que él llamaba: el Estado en sentido estricto. El concepto de sociedad civil gramsciano es distinto al de Marx y al de Hegel porque en ellos corresponde especialmente a la esfera económica. Es el conjunto de las relaciones materiales de existencia. Para Marx esa es la sociedad civil. Hegel tomó el concepto de los ingleses y franceses, del siglo XVIII, especialmente de Rousseau. “La anatomía de la sociedad civil se debe buscar en la economía política” (Marx, Prólogo a la Contribución de la Economía Política, 1859). Actúa como privado, considera a sí mismo y a los otros hombres como un medio. Se degrada a medio, y llega a ser objeto de fuerzas extrañas. En la sociedad política afirma como comunidad, como especie. Es miembro imaginario de una soberanía presunta. Para Gramsci, la sociedad civil es la superestructura. El Estado es la sociedad política más la sociedad civil, o hegemonía, o bien, acorazada de coerción.


6. ¿Cuál es el concepto de hegemonía en Gramsci?


SV: El primero que utilizó el concepto de hegemonía fue Lenin. Señala que las discusiones en el interior de los soviets no pueden resolverse por la fuerza, sino que a través de una hegemonía razonada. El aporte grande a la teoría de la hegemonía de Gramsci es la siguiente: considerando el problema de la hegemonía en Italia, explica que allí la clase burguesa se ha aliado con la nobleza, con los terratenientes del sur, los industriales del norte, los intelectuales, la iglesia, configurando la hegemonía que ha gobernado Italia. Eso mismo puede hacer la clase subalterna, señala Gramsci. No tiene que esperar la toma del poder para plantearse el problema de la hegemonía cultural. Para después pasar a tener la hegemonía política. Incluso antes de tomarse el poder. Ese es el gran aporte de Gramsci. El Estado tiene el ejército, la policía. Pero el Estado también gobierna por hegemonía, o sea, se impone pacíficamente.


7. ¿Quién tiene la hegemonía cultural en Chile?


SV: La hegemonía cultural la tiene ahora la derecha en Chile. Esto ocurrió con ocasión del golpe militar de 1973. Eso se mantiene hasta ahora y recién se empieza a cambiar un poco con el gobierno de Michelle Bachelet. Por eso le están haciendo la guerra, desde la derecha y desde la propia concertación, incluso desde su propio partido. Por ejemplo, el Transantiago, le prometieron que todo marcharía bien, por eso apareció el rostro de Zamorano, la transparencia, hasta que alguien dijo: “Este huevón nunca ha andado en metro, anda siempre en auto”. La manifestación concreta de la hegemonía de la derecha es ahora el diario El Mercurio, prueba de ello es el cambio del director de El Mercurio de Valparaíso, porque no le hacía una oposición lo suficientemente fuerte a la presidenta como quieren los dueños del medio. El Mercurio de Santiago no se equivoca nunca, en defensa de sus intereses. Pero cómo los presenta. Por ejemplo, mi hijo es presidente de las Pymes y cuando la presidenta comenzó a referirse al tema de subir ciertos impuestos, la respuesta de El Mercurio señaló, que a pesar de la importancia de las Pymes que da el 80% de ocupación de fuerza de trabajo en Chile, van a tener que echar gente porque no van a poder. No les interesa para nada los intereses de las Pymes. A ellos lo que les interesa es resguardar el interés del capital financiero, sea el industrial o de los bancos.


En el gobierno de Lagos se avanzó mucho en el plano cultural, pero termina su gobierno y se ve que de la repartición del producto geográfico bruto, que en tiempos de Pinochet, los dos quintiles más altos se llevaban casi un 50%, cuando terminó el gobierno de Lagos, estaba en 55%, era más reaccionaria la relación de la distribución de los ingresos en Chile en tiempos de Lagos que en tiempos de Pinochet. Y eso no se nota porque, con todas las inversiones ha ingresado mucha plata, la gente siente que está viviendo mejor, pero no se da cuenta que con eso está comprometiendo, a través de las tarjetas de crédito, un año, dos años, de su vida y de su trabajo. Entonces recién se está viendo que está aumentando efectivamente el poder de adquisición de sueldo y salario, porque han subido más allá del costo de la vida. Para llegar a que el más grande revolucionario sea el obispo Goic: "el salario debe ser ético".


8. ¿Existe un sentido común entre nosotros los chilenos?


SV: Existe, en general, un sentido común dentro de los países, pero los países no son entidades abstractas, están formadas por seres humanos que pertenecen a clases. Pero esas clases, a pesar de la derecha y una parte de la concertación, aparentando una gran transparencia, lo ocultan. Porque las cosas se pueden ocultar de dos maneras: o quitando la luz, oscureciendo, o poniendo demasiada luz. Por ejemplo, al navegar en la red, te llegan miles de informaciones que te agotan la capacidad de reflexión. Y al final, te quedan una o dos ideas que han estado ocupando en el mensaje y que, generalmente, no son las explícitas sino que las implícitas, las que vienen escondidas. Por ejemplo, contra los negros, contra los pueblos originarios: los mapuches están presos por borrachos, porque quieren vivir sin trabajar. No lo dicen, pero los muestran.

miércoles, enero 02, 2008



EL SENTIDO COMÚN ILUSTRADO

Por Carlos Pérez Soto


1. El sentido común es una compleja construcción histórica, de una profundidad insospechada. Operamos exitosamente en él de manera cotidiana en la gran mayoría de nuestras acciones, rara vez necesitamos ir más allá de sus formulaciones para resolver nuestros problemas habituales, rara vez nos conduce a desastres manifiestos o a aventuras inesperadas, podemos confiar, y confiamos de hecho en él sin siquiera notar su presencia.

Esta impresión puede expresarse diciendo que, normalmente, todos somos más o menos razonables, todos nos movemos en pautas que nos permiten tener un conjunto de certezas operativas acerca de lo que es esperable de los demás, de la vida, de los sueños, del trabajo, del amor, etcétera.

Razonable, normal, implícito, operativo, cierto de sí, espontáneo, son los adjetivos que más firmemente podemos asociar con él. El más mínimo intento de especificarlo muestra que es una construcción maravillosamente compleja. ¿Cómo se puede explicar a un joven qué es ser razonable? ¿Cómo se puede explicar a un niño que hay cosas que no se pueden esperar de la vida, o del amor? ¿Cómo se puede explicar a un hombre del campo que en la ciudad la gente es más complicada? ¿Cómo se puede explicar a un indígena amazónico que las aspirinas no son artefactos mágicos? Bien pensadas las cosas, como ya lo saben los filósofos del lenguaje natural, hay muy poco en las creencias comunes que pueda ser explicitado de manera clara y, sin embargo, operamos sin grandes problemas, hacemos distinciones de enorme profundidad como si nada, decidimos cada acto casi sin pensarlo, en medio de una certeza que, en principio, podría parecer asombrosa.

En las preguntas inmediatamente anteriores, sin embargo, es fácil notar que lo que se llama sentido común no es, en ningún sentido, una construcción homogénea. Cuando digo normal y razonable estoy refiriendo una normalidad y una razonabilidad con límites definidos: la normalidad dominante. El sentido común dominante no es, ciertamente, el de los jóvenes, el de los niños, el de los campesinos, o el de los indígenas del Amazonas.

Hay más de un sentido común a lo largo de la historia, por lo mismo, hay más de uno de manera contemporánea. En el sentido común se acumula la vida práctica de la humanidad. Respecto de ella es su teoría, su compendio enciclopédico, su conjunto de máximas éticas, estéticas, vitales. No hay ningún ámbito de la experiencia para el que no tenga respuestas (es cosa de conversar paciente y largamente con una tía, o con un abuelo).

Las profundas alteraciones que la vida moderna ha implicado para la vida de los hombres concretos han producido un sentido común específico, característico y funcional, que hace posible la vida cotidiana, que hace fluidas las decisiones más habituales y hace posible los intercambios personales inmediatos. Y, más allá de estas tareas tan cotidianas, proporciona el lenguaje y el conjunto de creencias básicas que, con la fuerza de lo implícito, reproducen los mecanismos de la dominación social al nivel microsocial e intersubjetivo.



2. Creo que la virtud principal de este sentido común medio puede describirse a través de lo que llamo “criterio de evidencia racional”. Un conjunto de exigencias que funcionan de hecho como criterio de realidad, y sobre la base de las cuales se pueden tomar decisiones tanto acerca de las informaciones, como acerca del valor de teorías posibles, de una manera razonable.

La cuestión concreta es la de qué mecanismo tenemos para decidir si las evidencias que recibimos en torno a una situación son confiables o no. La situación que hay que imaginar es la de una novedad ante la cual es necesario pronunciarse, no por sus características extraordinarias, sino simplemente porque se ha puesto ante nosotros como una experiencia cotidiana.

La primera condición que el sentido común moderno pediría ante la experiencia de lo nuevo sería que las evidencias que lo informan sean de tipo empírico, en el sentido general de este término. Lo que se puede ver, tocar, oír, gustar. No es aceptable o, debemos desconfiar en principio, de aquellas cosas que no sean accesibles a la mirada común, en sentido literal.

Una segunda condición es que las evidencias sean generalizables, esto es, accesibles a cualquier observador. Debemos desconfiar espontáneamente de aquella realidad que sólo pueden ver observadores de tipo especial. En principio la máxima es que uno mismo pueda ser el observador. “Lo creo porque lo he visto con mis propios ojos, porque cualquiera que venga a constatarlo lo vería”.

Una tercera condición es que las evidencias sean repetibles. No sólo cualquiera debe poder verlas, también deben ser accesibles en cualquier momento. En este punto se puede decir que el sentido común no descarta a priori como falso lo extraordinario, lo que sólo fue posible ver una vez, lo que muchos vieron pero que no volvió a ocurrir nunca más. El asunto es más flexible y más práctico. El asunto es si aceptaríamos como confiable una información que no sólo viene de otro sino que no estamos en condiciones de revisar cuando queramos. En ciertas circunstancias podríamos vernos obligados a hacerlo, en general no lo haríamos. Si aceptamos evidencias que no podemos verificar personalmente es porque sabemos que, al menos en principio, podríamos hacerlo. Si estamos seguros de que por ningún medio podrían ser revisadas por nosotros, tenderíamos a quitarles credibilidad.

En cuarto lugar es necesario que las evidencias que nos presentan estén documentadas, es decir, que tengamos medio para asegurarnos de que efectivamente son evidencias de lo que dicen ser. Una evidencia empírica no es aceptable por sí misma hasta que no podemos conectarla de manera igualmente empírica, generalizable y repetible, con la novedad de la que se dice es evidencia. Si alguien presenta un tornillo como prueba de que ha estado en presencia de una nave interplanetaria tendría que demostrar de alguna forma que es de esa nave que sacó ese tornillo. El objeto por sí mismo no es una prueba.

Al respecto podemos preguntarnos qué tipo de evidencia tenemos de que realmente hay un señor Bush que es presidente de USA. Si creemos en esto es porque estamos seguros de que hay procedimientos empíricos, generalizables y repetibles para constatarlo. Pero también podríamos aceptar evidencias indirectas, una carta, una grabación de su voz, un video. Si aceptamos estas evidencias es porque creemos que podría documentarse que dan cuenta efectivamente de su realidad. De la misma manera creemos que las camisas de Napoleón, que se conservan, podrían conectarse con su existencia, algo más remota. O que el testimonio histórico podría encontrar buenas razones para creer que efectivamente los Evangelios fueron escritos a propósito de un personaje histórico real.

Una nueva condición puede ahorrarnos mucho trabajo en ese sentido. Como todas las anteriores es eminentemente práctica. Es la que sostiene que “circunstancias extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, y viceversa”. El sentido práctico de esta máxima es evidente. Nos evita tener que demostrar a cada paso que las murallas tienen lado de atrás, o que los viajes a la Luna no son una conspiración publicitaria. Nos previene, en cambio, de toda información con rasgos de inverosimilitud. No es, nuevamente, que el sentido común no pueda aceptar lo extraordinario, el criterio es más bien que lo extraordinario requiere naturalmente más cuidados para ser usado como información confiable.

Por último, y ya en el orden de la inmediata conexión con el ámbito de las acciones prácticas, está una condición que ahorra muchísimas complicaciones: “no es necesario probar lo que ya funciona”. El riesgo de un pragmatismo tan inmediato podría parecernos problemático. Demás está decir que para la vida cotidiana no lo es en absoluto. Nadie se detiene a confirmar el buen estado de una micro, nadie llama al técnico antes de encender su televisor. Por supuesto lo que no funciona debe ser revisado. ¿Quién se detiene a revisar cada vez lo que sí funciona? Por supuesto que la idea de que algo funciona puede ser problematizada: ¿funcionan los test de selección de personal?, ¿ser amable con las personas es algo que “funciona”?, ¿“conciliar en lo posible pero no aceptar ser avasallado”, funciona?, ¿usar una minifalda provocativa para entusiasmar a un pretendiente, funciona? Creo que el sentido común sólo hará estas preguntas enfrentado a un fallo evidente. Si no lo hay procederá con todo el entusiasmo que su certeza de sí le permita.

Ante la novedad el sentido común ilustrado pedirá evidencias empíricas, generalizables, repetibles, documentables, proporcionales a lo extraordinario o a lo problemático de lo que se presente. Proceder de esta manera en la cultura moderna es razonable y normal. Más aún, creo que se puede decir que este es el criterio de lo que se puede llamar una actitud razonable. A esto es necesario agregar todavía una manera particular de argumentar sobre las evidencias.


Nota: Carlos Pérez Soto es Profesor de Estado en Física, desde donde incursionó posteriormente a la política y la filosofía. Actualmente se desempeña como profesor de epistemología, filosofía de la ciencia y método científico en la Universidad ARCIS.