DISCURSO HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE COSTA
RICA
JUNIO DE 2022
JOAN MANUEL SERRAT, COMPOSITOR, INTÉRPRETE Y POETA
Señor
rector de la Universidad de Costa Rica; miembros del Consejo Universitario;
autoridades que amablemente nos acompañan; profesores, alumnos, amigas y
amigos:
Me
enorgullece que una casa de estudios como ésta me haya premiado con un
doctorado, gracias al cual puedo dirigirme a ustedes, mujeres y hombres, que
desde la educación, la escuela y la universidad trabajan en la conquista de un
mundo más justo, donde los sueños se acerquen más a la realidad. Estoy seguro
de que quienes tan generosamente han considerado oportuno concederme esta
distinción, lo han hecho con la intención de reconocer los méritos de una persona.
Pero al hacerlo, deben saber ustedes, que también están reconociendo a un
colectivo de mujeres y hombres que han construido su vida a partir del oficio
de cantar y de escribir canciones, y para quienes el valor y la fuerza de la
palabra es fundamental en su quehacer. Con todos ellos quiero compartir este
reconocimiento.
De otros
aprendí el oficio de cantar y hacer canciones. De otros que antes lo
aprendieron de otros. Y me hace feliz pensar que, tal vez, con mi trabajo habré
podido ayudar al aprendizaje de los que siguen. Me siento un hombre
privilegiado que trabaja en lo que le gusta, y al que —además— le pagan por
hacerlo. Me siento una persona querida y respetada que canta por el gusto de
cantar… Y además siempre me dan mesa en los restaurantes.
Con
canciones me expreso y me comunico con los demás. Escribo mirando a mi
alrededor, pero también volviendo la mirada a mis interiores. Escucho las voces
de la calle, pero también oigo los ecos. Escribo dejando volar los
pensamientos, pero también clavando los codos en la mesa. Que escribir es mucho
más que el fruto de momentos inspirados. Es el resultado del esfuerzo, de la
porfía por amasar palabras, por tejer y deshacer mimbres. Y si las musas,
siempre escurridizas y engañosas, acudieran a darme una mano, serán
bienvenidas. Y les agradezco lo que vale, pero sin confiar absolutamente nada
en su voluble lealtad.
Dice el
refrán que quien canta, su mal espanta. Y es verdad. Cantando, conjuras los
demonios y conviertes sueños en realidades. Cantando compartes lo que amas y te
enfrentas a lo que incomoda. Las canciones viven en la memoria de la gente
viajan y nos transportan a tiempos y lugares donde un día tal vez fuimos
felices. Algunas son personales e intransferibles. Otras aglutinan sentimientos
comunes y llegan a convertirse en himnos. Todo momento tiene una banda sonora y
todos tenemos nuestra canción. Esa canción que se hilvana en la entretela del
alma y que uno acaba amando como se ama a sí mismo.
Entre las
muchas cosas que he de agradecerle a la vida, es este oficio que me ha llevado
a caminar al mundo, sin que las penurias económicas o políticas me empujaran a
hacerlo. Y es ese ir y venir donde he conocido gentes de todo tipo y condición,
en lugares distintos, diferentes a aquellos lugares en los que crecí, con otras
costumbres, con otras maneras. Todo ello, lejos de llevarme a consolidar y
concretar una idea de patria sublimada y distante, me fue consolidando en el
descubrimiento: la patria para unos es el territorio, para otros es el idioma, para
otros la niñez, para algunos algo con lo que llenarse la boca y otros con lo
que llenarse la bolsa.
Yo he
reconocido mi patria por los caminos. Lo aprendí de mi madre, que decía que su
patria estaba donde sus hijos comían. Probablemente eso deben pensar las miles
de madres que a lo largo y ancho del planeta caminan con sus hijos a cuestas,
huyendo del dolor y de la guerra, dejando atrás la tierra que los vio nacer y
buscando un lugar en donde sus hijos coman, crezcan y aprendan a convivir en
paz, en una nueva patria temporal o definitiva. Viéndolos atascados en los
barrizales, aguardando reemprender el camino, atorados en el descansillo,
pongamos de una Europa, una Europa mezquina y desalmada, la orilla de un
Mediterráneo que otrora fue cuna del pensamiento y puente de culturas.
Viéndolos así, me pregunto: si alguien sabe decirme, ¿dónde queda la patria de
esta gente? ¿Queda atrás, queda por delante?
Soy como
todos ustedes fruto del tiempo y del mundo que me ha tocado vivir. Un tiempo de
confusión y angustia, de soledad, de falta de referentes, donde se ha perdido
la confianza en el sistema, en sus representantes y en sus instituciones. Donde
los jóvenes se sienten engañados y los mayores traicionados y donde más que
nunca nos necesitamos los unos a los otros, porque todos somos importantes,
porque todos tenemos que sentirnos importantes.
En los
últimos años, ha sido extraordinario el crecimiento tecnológico y científico
que hemos experimentado. Pero también ha sido muy grande la pérdida de los
valores morales de nuestra sociedad. Se han producido daños terribles a la
naturaleza, muchos de ellos irreparables. Y es vergonzosa la corrupción que
desde el poder se ha filtrado a toda la sociedad. Más que una crisis económica,
diría que estamos atravesando una crisis de modelo de vida. Y, sin embargo,
sorprende el conformismo con el que parte de la sociedad lo contempla, como si
se tratara de una pesadilla de la que tarde o temprano despertaremos.
Espectadores y víctimas parecemos esperar que nos salven aquellos mismos que
nos han llevado hasta aquí.
Es
necesario que recuperemos los valores democráticos y morales que han sido
sustituidos por la vileza y la avidez del mercado, donde todo tiene un precio,
donde todo se compra y donde todo se vende. Es un derecho y una obligación
restaurar la memoria y reclamar un futuro para una juventud que necesita
reconocerse y ser reconocida.
Tal vez
no sepamos cuál es el camino. Tal vez no sepamos por dónde se llega antes. Pero
sí sabemos qué caminos son los que no debemos volver a tomar.
Espero
que ustedes, gente buena, instruida y tolerante, sabrán juzgar mis palabras con
su intención, más que por la manera en que he sido capaz de expresarme.
Mientras tanto, que los músicos no paren de hacer sonar sus instrumentos y que
los poetas no dejen de alzar la voz. Que los gritos de la angustia no nos
vuelvan sordos y que lo cotidiano no se convierta en normalidad capaz de volver
de piedra a nuestros corazones.
Muchas
gracias.
Fuente: www.milenio.com